Los psicólogos sociales nos dicen que la identidad de los individuos está imbricada con la identidad de los grupos a los cuales están afiliados. Steven Pinker señala que las personas caracterizan a cada uno de esos grupos por medio de ciertas creencias, deseos y cualidades. Añade que la gente se define a través de su pertenencia a la familia, tribu, país, raza, religión, entre otros colectivos. Y, con frecuencia, el hombre o mujer modernos también se definen como seguidores de un equipo deportivo o una corriente literaria o musical y, claro, la militancia a algún partido o tendencia política.
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Los individuos, además, se involucran profundamente en las luchas y competencias de los grupos a los que pertenecen. Existe evidencia de los impactos biológicos que sufren los hinchas del fútbol ante el triunfo o la derrota de sus equipos, semejantes a los de los simios que luchan contra uno de sus semejantes. Varios experimentos demuestran que los seguidores de un equipo perdedor, al lado de los sentimientos de tristeza y frustración, padecen también una caída en los niveles de testosterona (esto es idéntico a lo que les pasa a los simios derrotados). Por su parte, la testosterona de los del lado ganador se mantiene inalterada o registra un incremento significativo. Los científicos muestran también que los resultados de las elecciones, competencias políticas de dominancia social, afectan la biología de los votantes. Un experimento realizado por Steven J. Stanton y otros psicólogos registró cómo, en la elección de 2008 en la que ganó Barack Obama, la testosterona de los republicanos, los perdedores, cayó en forma considerable, mientras que la de los demócratas permaneció estable (otra vez, al igual que en los primates que triunfan en sus peleas).
La preponderancia de los rasgos evolutivos en la vida social se aprecia también en el llamado tribalismo: el impulso de los grupos de dominar y aplastar permanentemente a los demás. Según Pinker, el tribalismo lleva a las sociedades al patriotismo, la polarización, el fanatismo, el racismo y el desprecio por los otros. En cambio, el alejamiento del tribalismo, guiado por la razón y la empatía, conduce al humanismo, el feminismo y el respeto por los demás.
Una manera de evitar la polarización de los grupos que buscan la dominancia es aceptar que, más allá de las diferencias tribales, existen algunos asuntos e intereses comunes, que van más allá de las conveniencias de cada grupo y requieren la cooperación de todos. Lo ideal es que entre los grupos que compiten ―los seguidores de los equipos de fútbol, los partidos políticos― suceda lo mismo que ocurre entre los simios de una misma manada: después de luchar, una vez establecido cuál es el más fuerte, siguen la reconciliación y la convivencia.
La biología de los colombianos se alterará fuertemente al atardecer del próximo 19 de junio. Al conocerse los resultados de la votación, caerán los niveles de testosterona de muchos, mientras que la de los ganadores aumentará. Habrá tristeza en unos, al lado de la jubilosa celebración de otros. Ojalá que los ganadores y perdedores, en contra de impulsos grupales de dominancia, heredados de la evolución, sean capaces de buscar la cooperación para encontrar soluciones a los graves problemas del país y evitar que la dañina polarización se mantenga y profundice.