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Escocia y la Nueva Granada

Armando Montenegro
20 de septiembre de 2014 - 09:00 p. m.

EL FRUSTRADO INTENTO DE ESCOcia de lograr su independencia del Reino Unido, por medio del referendo que se votó masivamente el jueves pasado, tuvo, en alguna medida, su origen en una desgraciada aventura que sucedió a finales del siglo XVII en una alejada región que entonces hacía parte de la Nueva Granada.

Ante las graves dificultades que sufría la economía de Escocia, entonces un país independiente, en la década de 1690 numerosos empresarios pensaron que la solución a sus problemas consistía en emular a los ingleses, quienes habían creado la lucrativa East Asia Company para realizar prósperos negocios en distintas regiones de África y Asia. Por esa razón, organizaron una gran empresa comercial para fundar una colonia en el Darién, hoy Panamá, con miras a emprender negocios en los dos océanos. Para financiar la aventura se emitieron acciones que, según cálculos de los especialistas, reunieron recursos equivalentes a una suma superior al 25% de la totalidad del circulante en Escocia. De esta forma, el patrimonio de buena parte de la nobleza y de una gran cantidad de familias de Escocia se comprometió en la aventura.

Rodeada de grandes expectativas, la primera expedición de cinco barcos y con más de 1.200 hombres zarpó del puerto Leith en 1698 rumbo a Panamá bajo el mando de Thomas Drummond. A su llegada, los escoceses erigieron primero el fuerte de San Andrés y pronto emprendieron la construcción de una ciudad: Nuevo Edimburgo. El nombre de la colonia fue Caledonia.

Desde el comienzo todo fue un desastre. Las enfermedades diezmaron a los escoceses, quienes no pudieron comerciar con los indios ni con otros europeos que merodeaban en la zona, estos últimos intimidados por los ingleses, quienes no veían con buenos ojos el despegue de la colonia.

Antes de conocer estos padecimientos, en 1699 partió una segunda expedición con otros 1.000 hombres. Su suerte fue similar a la de la primera. Las fiebres y las muertes, la desmoralización y las divisiones internas fueron el preludio a un desgraciado enfrentamiento militar con los españoles. Sólo unos pocos centenares volvieron a su país.

El fracaso de esta costosísima empresa empobreció a Escocia y fue, según numerosos historiadores, una de las causas del tratado de 1707, por medio del cual Escocia aceptó ser parte del Reino Unido (el objetivo de los nacionalistas en el referendo del jueves pasado era precisamente tratar de recuperar la independencia perdida desde entonces). El revés del proyecto del Darién convenció a la nobleza y a los empresarios escoceses de que, en lugar de sus alocadas y solitarias aventuras en colonias ajenas, era mejor hacer parte del boyante y próspero Imperio Británico, cuyo crecimiento y sus innumerables intereses comerciales y marítimos prometían grandes éxitos, los cuales, de hecho, se alcanzaron en los siglos XVIII y XIX.

Más allá de la fiebre nacionalista, el temor a los riesgos económicos asociados a la independencia fue, otra vez, una de las principales razones que llevaron a la mayoría de los votantes a optar por el “no”. Es posible que algunos de ellos estuvieran enterados de que hace siglos los tatarabuelos de sus tatarabuelos, haciendo uso de su libertad económica, tras su sed de aventura y dinero, murieron o perdieron toda su fortuna en una húmeda e insalubre selva tropical que alguna vez fuera de Colombia. 

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