2 May 2021 - 3:00 a. m.

Fútbol y pandemia

Dos de los mejores equipos del mundo, el Manchester City y el Paris Saint-Germain, que jugaron una de las semifinales de la Champions el pasado miércoles, pertenecen a un par de jeques árabes. Sus nóminas son multimillonarias y operan sin mayores restricciones presupuestales. Parecería que plata y éxito en el fútbol, como tantas cosas en el mundo, van de la mano.

La verdad es que el hecho de que los jeques, algunos oligarcas rusos y unos cuantos mafiosos —los narcos colombianos, entre ellos— sean o hayan sido dueños de grandes equipos es una prueba de que el fútbol es, a veces, un mal negocio. Sin los caprichos, hobbies y recursos de gente a la que le sobra la plata, sería difícil que estos clubes brillaran como brillan.

Las cifras muestran que decenas de clubes de fútbol entran en bancarrota todos los años y que muchos hacen esfuerzos enormes para sobrevivir. Incluso, por el impacto de la pandemia, los balances de grandes clubes, como el Barcelona o el Arsenal, están en rojo. Y, para no ir tan lejos, la liga colombiana, por su pobre espectáculo, magra calidad deportiva y estadios vacíos, produce mucha más lástima que pesos.

La iniciativa de los principales 20 clubes de Europa de crear una Superliga para jugar solo entre ellos y abandonar los campeonatos locales fue un intento de formar un cartel para asegurar que todos los equipos grandes fueran rentables, sin los riesgos del descenso, sin la obligación permanente de invertir en grandes figuras y costosos entrenadores.

La furiosa reacción de los aficionados, la prensa, los comentaristas e incluso de algunos políticos puso de presente que el fútbol es mucho más que un negocio. La prensa europea reportó frases de aficionados como: “Ellos juegan para nosotros en las tribunas, no para aquellos en las salas de juntas” o “nuestros equipos nacieron en las barriadas y los negociantes se los robaron”.

La intensa conexión afectiva de los hinchas con sus equipos se sobrepone a su escasa calidad futbolística y pésimo desempeño, un milagro que, semana a semana, apreciamos en nuestro medio. Sus pequeñas o grandes victorias los llenan de alegría y sus derrotas entristecen profundamente a sus seguidores. Sus modestas proezas, una clasificación a algún campeonato o una victoria contra uno de los grandes, crean entusiasmos desbordados y ponen algún color a las vidas de miles de personas sumidas en la oscura monotonía de su existencia. La gente entendió que la Superliga enterraría en el olvido a la mayoría de sus pequeños clubes y le daría un golpe mortal a una de sus principales distracciones.

Con el retiro del proyecto, por ahora, equipos como el Real Madrid y el Manchester United, en lugar de jugar únicamente contra sus rutilantes pares europeos, de mala gana tendrán que seguir rivalizando, semana a semana, contra el Eibar o el Sheffield United.

Varios observadores piensan, sin embargo, que los grandes clubes han perdido una batalla, pero no la guerra. Anotan que ante la derrota se han replegado, pero que pronto intentarán alguna otra iniciativa parecida. Podrían, por ejemplo, ampliar la Champions, una copa de mayor exposición, que les permite jugar entre ellos y obtener mayores ingresos de la televisión mundial. Se sabe que iniciativas semejantes se discuten en nuestro medio.

El aumento de la desigualdad, también en el fútbol, es otro de los estragos de la pandemia.

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