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Fútbol y violencia

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Armando Montenegro
03 de mayo de 2008 - 02:56 a. m.
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EN EL CAMPO DE JUEGO LA GENTE muestra muchas cosas de sí misma; deja que allí se vean aspectos cruciales de su cultura, de las normas y las instituciones del país de donde proviene.

Con esta idea en mente, los economistas y politólogos Miguel, Saiegh y Sathyanath exploraron la relación entre el comportamiento violento en el fútbol, medido por el número de tarjetas amarillas y rojas (evidencia de faltas fuertes, peligrosas para los demás), y la historia de violencia del país de origen de los jugadores sancionados (ver National Cultures and Soccer Violence, www.neber.org/papers/w13968).

Algunos sociólogos han señalado que los asesinatos y los actos de barbarie de las guerras civiles y los conflictos internos tienen un fuerte impacto en el relajamiento de las normas sociales, la tolerancia y la difusión de la violencia, incluso años después de terminados los problemas, un hecho que hace que los eventos violentos persistan por mucho tiempo. La hipótesis del estudio mencionado consiste en que si un jugador creció en medio de una guerra civil, es de esperar que, más tarde, sea más violento en las canchas de fútbol.

Los resultados de los análisis estadísticos, a partir de los datos de cinco ligas europeas, donde interactúan más de 5.000 jugadores de 70 países de todos los continentes, regulados por árbitros profesionales que siguen reglas uniformes, confirman esta hipótesis: el comportamiento violento de los jugadores tiene una alta correlación con la historia de violencia de los países donde crecieron (para llegar a esta conclusión se tuvieron en cuenta —se controlaron, en el vocabulario de los analistas— aspectos como la posición de los jugadores en la cancha: los defensas y mediocampistas cometen más faltas que los delanteros, y éstos más que los arqueros).

Como era de esperarse, sobresalen por su violencia los jugadores de Colombia (con 19 en la muestra estadística), Israel y varios países africanos afligidos por cruentas guerras civiles y conflictos internos en las décadas del ochenta y el noventa. Se destaca la trayectoria de Iván Ramiro Córdoba, defensa del Inter de Milán, quien recibió el extraordinario número de 25 tarjetas amarillas entre 2004 y 2005 (el promedio de tarjetas amarillas de un jugador en Europa es apenas de 2,4 por temporada). Los investigadores no vacilarían en sugerir que detrás de las faltas y las sanciones de Córdoba está el entorno de aguda violencia que rodeó su infancia y su adolescencia (sin embargo, no mencionan para nada el caso del Tino Asprilla, sin duda de gran interés para analistas de una amplia gama de ciencias sociales).

Las cifras también muestran que los jugadores más limpios provienen de los países nórdicos de Europa, los asiáticos y los de la antigua Unión Soviética, todos con una tradición de cumplimiento de normas, un estricto control social y una historia desprovista de guerras y conflictos internos en los años ochenta y noventa.

(Aunque no se interpretan otros datos de los jugadores latinoamericanos, se destaca que los que menos tarjetas amarillas reciben son los brasileños y los peruanos; los más sucios, después de los colombianos, son los mexicanos y chilenos; y en un lugar intermedio, los argentinos).

El trabajo tiene una gran deficiencia que sus autores reconocen. De acuerdo con su hipótesis, los jugadores que vienen de países con historia de violencia deberían, con el paso de los años, inmersos en el ambiente europeo, cometer menos faltas (Córdoba, por ejemplo, debería recibir menos tarjetas a medida que acoge la influencia cultural de Italia). Sus cifras no pueden probar este hecho.

Este trabajo, en cualquier caso, es otra prueba de que el fútbol sigue siendo un lugar donde las sociedades buscan respuestas a muchas de sus preguntas.

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