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Ideas de difuntos

Armando Montenegro

21 de agosto de 2022 - 12:30 a. m.

Al reflexionar sobre el poder de las ideas, Keynes escribió hace décadas que algunas personas, incluso aquellas que creen que están libres de la influencia de los intelectuales, “son usualmente esclavas de algún economista muerto”.

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Estas palabras son pertinentes para reflexionar sobre algunos planteamientos compartidos por varios académicos y ciertos funcionarios que sostienen que el progreso del país debería basarse únicamente en los que, en su opinión, son los dos únicos sectores productivos de la economía: la industria y la agricultura, y no en los servicios, el comercio o el sector financiero, entre otros, porque, supuestamente, son una especie de parásitos.

En realidad, destacados pensadores del pasado —numerosos economistas difuntos— defendieron tesis semejantes. Los llamados padres de la Iglesia, por ejemplo, condenaron, como pecaminoso, el crédito, al que llamaban usura. El comercio también fue señalado por muchos autores medievales como improductivo. Los denominados fisiócratas planteaban que solo la agricultura era fuente de riqueza. Incluso, en algunos famosos pasajes, el mismo Adam Smith señala que los servicios no son productivos.

Los economistas modernos, sin embargo, reconocen que el sector terciario —el comercio, las finanzas, el gobierno, la educación, el transporte y la justicia, entre tantos otros— crea valor y es indispensable para el funcionamiento de la economía. El comercio y el sector bancario, según una descripción popular, constituyen el valioso sistema circulatorio necesario para que los bienes, el crédito y el dinero se irriguen por toda la economía.

En la mayoría de las economías el sector de los servicios, llamado terciario, es el más dinámico y ya constituye la mayor parte del producto interno bruto. En los países desarrollados y muchos emergentes, la participación de los servicios en el PIB se acerca al 70 %; en China es superior al 50 % y en Cuba al 70 %. Este es el resultado del llamado cambio estructural, que consiste en que el crecimiento del sector terciario es superior al de la industria, así como, en una fase anterior del desarrollo, el porcentaje de la industria en el PIB se elevaba mientras que el de la agricultura caía. Una de las razones de este fenómeno es que, en la medida en que crece el ingreso de la gente, aumenta su demanda por servicios de salud, recreación, transporte y turismo, entre otros.

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Desde hace varios años, en Colombia y otros países se viene hablando de reindustrialización, un esfuerzo para revertir, al menos parcialmente, la brusca caída de la participación de este sector en el PIB. Los países que desarrollan esta política con éxito se enfocan en manufacturas modernas, con tecnologías de punta, innovación y máxima competitividad internacional. A estas alturas del siglo XXI, no tendría sentido proteger y alentar sectores con tecnologías del siglo XIX, como el metalmecánico o los textiles tradicionales.

Para cerrar esta nota, vale la pena recordar las palabras visionarias de otro difunto, el pensador marxista Ernest Mandel, a mediados del siglo XX: “Cuando máquinas automáticas hagan todo el trabajo para producir los bienes de uso corriente, las personas podrán ser ingenieras, intelectuales, artistas, atletas, profesoras y médicas. En este sentido, el futuro es, de verdad, del sector terciario”. En ese momento, sin duda, todo el mundo podría vivir sabroso.

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