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Infle y desinfle

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Armando Montenegro
03 de junio de 2012 - 01:00 a. m.
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Poco a poco, la crisis internacional está desinflando las proyecciones económicas. En la misma medida han bajado el tono las voces más entusiastas, aquellas que hasta hace poco tiempo proclamaban que la economía colombiana estaba acorazada y era invencible.

Los principales países de Europa están en recesión. Estados Unidos mantiene una débil recuperación que todos los meses pierde vapor. Y China, la locomotora, se está desacelerando. En lugar de tasas de crecimiento del PIB del orden del 9 o el 10%, se habla de números del orden del 6%. Las bolsas se contraen.


Amaina así el viento de cola que ha impulsado la economía colombiana. El precio del petróleo, en consecuencia, bajó de US$105 por barril en febrero a menos de US$90 en estos días. Y la cotización del café cayó casi un 50% en pocos meses.

En nuestro vecindario, Brasil, afectado por la crisis, padece de un bajo crecimiento. Y no son mejores las perspectivas de otros países de la región.
Los datos domésticos de la industria, el comercio y otros sectores ratifican la realidad del desinfle. Las cifras del crédito al consumo, que habían llegado a montos insostenibles, acariciaron su pico y comienzan a bajar.

Los precios de los activos también alcanzaron registros máximos. Los de la vivienda ya superaron sus niveles más altos desde 1995, una época calificada unánimemente como de burbuja. Y después de que Portafolio señalara que Ecopetrol vale más que Petrobras, algunos analistas sorprendidos están reacomodando sus inversiones.

Lo peor es que el desempleo, a pesar de las tasas de crecimiento del PIB de la época del auge, apenas rozó el 10% y ya rebotó, una prueba más de las irracionales regulaciones del mercado laboral. Ante el desinfle, será difícil volver a ver cifras de un dígito en algún tiempo.

Cualquier analista podría decir que las fuerzas del exterior que antes nos impulsaron nos están frenando. Y añadiría, tal vez, que la política económica no tuvo ni mérito en el alza ni culpa en la baja.

Pero más allá de la coyuntura, debemos preguntarnos si Colombia ha hecho un esfuerzo para utilizar bien su riqueza minera y petrolera. La vara para medir el acertado manejo de estos auges es determinar si la bonanza se utilizó para construir una moderna red de carreteras y dar un gran salto en la calidad de la educación. Si esto no se hace, el país habrá perdido una oportunidad histórica para su modernización.

La verdad es que no se ha hecho mucho. La Ley de Regalías, que se concentró en los complicadísimos procedimientos, rituales y porcentajes para repartir la “mermelada”, le dio menos importancia al buen uso de esta sustancia. No estableció objetivos ambiciosos para realizar grandes proyectos para el país.

Si Colombia no diseña mecanismos efectivos para romper los cuellos de botella, seguirá con una economía volátil, dependiente del mercado de commodities, que se alegra con el alza de los precios de los productos básicos y se deprime con sus retrocesos. Si nos quedamos en esto, al final, como en el caso de la economía del café, no quedará casi nada.

Muchas de estas reflexiones, infortunadamente, pueden ser válidas para el próximo ciclo alcista de los precios internacionales. Por ahora hay que esperar que las autoridades europeas puedan evitar el cataclismo del euro. Si fracasan, el lento desinfle se convertirá en un doloroso vahído.

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