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En su último número, The Economist reflexiona sobre el atraso de los países de América Latina y sobre sus oportunidades estratégicas en el mundo de hoy. Anota que, como en otros episodios de gran crecimiento del comercio mundial, por sus políticas equivocadas la región perdió el tren de las exportaciones vía las cadenas globales de valor. Afirma que las exportaciones de América Latina a través de dichas cadenas crecieron apenas el 0,1 % entre 1995 y 2015, mientras que las del resto de los países emergentes aumentaron un 19 %.
La revista plantea que ahora que se están recomponiendo estas cadenas a raíz de los problemas entre China y Estados Unidos y el caos logístico de la pospandemia, cuando muchas firmas norteamericanas están decidiendo dónde construir sus nuevas plantas, existe una oportunidad para que los países latinoamericanos puedan, por fin, integrarse a estos circuitos económicos globales y elevar sus exportaciones de mayor valor agregado. Para lograrlo, por supuesto, es necesario corregir las fallas del pasado. Al respecto, la publicación señala tres problemas: malas políticas, dependencia de las exportaciones de materias primas y persistente proteccionismo, especialmente en Brasil y Argentina.
Por su parte, Colombia debe revisar lo que no ha hecho bien en estas materias. La gran devaluación del peso —un fenómeno que ingenuamente y por mucho tiempo se pensó que iba a recomponer la economía, fomentar la industrialización y la agricultura moderna— ha tenido un impacto mínimo sobre las exportaciones no tradicionales. El país sigue siendo dependiente del petróleo y un puñado de commodities. El desarrollo de una nueva canasta productiva depende de la incorporación de tecnologías de punta, innovación, logística avanzada y políticas comerciales que superen las actuales trabas al intercambio con el exterior.
Uno de los grandes obstáculos a la integración comercial sigue siendo el atraso de la infraestructura. A pesar de los esfuerzos realizados, no existe todavía una autopista de doble calzada, sin interrupciones, que comunique a Bogotá con los puertos del Atlántico y Buenaventura; tampoco hay una verdadera autopista entre la capital y Medellín. Y los fletes entre las fábricas y los puertos siguen siendo superiores a los costos de llevar las mercancías desde Colombia hasta Europa y EE. UU.
Una oportunidad para impulsar el desarrollo de la infraestructura es la iniciativa Build Back Better World, denominada B3W, del Gobierno de Biden, un programa de construcción de infraestructura, entre otras cosas, dirigido a contrarrestar la iniciativa china de Belt and Road. El corazón de este programa consiste en créditos de agencias de Estados Unidos a empresas privadas, en áreas como tecnología de comunicaciones, energías limpias, equipos sofisticados y pequeñas empresas.
Colombia debería aprovechar esta iniciativa y, junto con otros recursos y estrategias, relanzar con ambición los esfuerzos para modernizar su infraestructura. Entre tantas cosas, debería además revisar las normas que entorpecen el intercambio y repensar su decisión de no participar en nuevos acuerdos internacionales. Es inexplicable, por ejemplo, que, a diferencia de Perú y Chile, a estas alturas del siglo XXI Colombia no haya firmado tratados comerciales con China y otros miembros del bloque asiático.
