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La primera muerte intelectual del gran economista británico ocurrió poco tiempo después de que Richard Nixon, el estandarte de las ideas conservadoras, había declarado que "ahora todos somos keynesianos". Con la revolución de Reagan y Thatcher, así como el ascenso de la economía de las expectativas racionales, el keynesianismo, en la práctica, desapareció de la política económica durante tres décadas.
A raíz de la gran recesión de 2008 Keynes revivió con fuerza. Obama puso en marcha un notable plan de gasto público. Casi todas las economías de Europa hicieron lo mismo. Las revistas especializadas reconocieron que sus ideas guiaban, de nuevo, a los gobiernos. Se reimprimieron sus libros y biografías y varias publicaciones lo señalaron como el personaje de 2008.
Los sucesos de este año muestran que, en la práctica, Keynes murió de nuevo. Chantajeados por el Tea Party, Obama y el Partido Demócrata se comprometieron a realizar recortes al gasto público. Ante el riesgo inminente de que la economía norteamericana entre en una nueva recesión, esta absurda decisión impide que se use, de nuevo, la política fiscal en forma anticíclica en el corto plazo.
La vida del nuevo keynesianismo europeo fue todavía más reducida. Los mercados no toleran —sobre todo en las economías que ya están muy endeudadas— que se mantengan déficits elevados (y, mucho menos, que se endeuden aún más). Las calificadoras de riesgo les están exigiendo dolorosos ajustes a los países más descuadernados. En Grecia, Portugal, España e Italia se ha recortado el gasto y elevado la edad de jubilación; se han cerrado entidades y aumentado los impuestos. La situación, sin embargo, no ha mejorado: el desempleo y el crecimiento siguen en niveles depresivos y todos los días se presentan nuevas evidencias de que la crisis se está recrudeciendo.
Las consecuencias políticas han sido dramáticas. Los votantes han castigado a los partidos socialdemócratas que han hecho las cirugías fiscales. Ya cayeron los gobiernos de Inglaterra y Portugal, y en noviembre Zapatero pasará al retiro. El alto desempleo amenaza, además, la reelección de Obama en 2012.
En cuanto al manejo macroeconómico, el problema es saber qué hacer para combatir el paro y la recesión. Como, de entrada, ya no existe la posibilidad de usar la política fiscal keynesiana que aconseja más gasto y más deuda, los ojos se dirigen hacia los bancos centrales. Pero estos organismos, preocupados por la inflación, señalan que tienen sólo posibilidades limitadas de inyectar grandes volúmenes de liquidez.
En estas condiciones, lo más seguro es que los países desarrollados padecerán varios años de inestabilidad, bajo crecimiento y alto desempleo. Como lo han señalado varios analistas, esto, en realidad, puede significar que en los países avanzados de Occidente se va a replicar el estancamiento de la economía japonesa de finales del siglo XX.
Lo único cierto es que en este confuso y preocupante panorama les va mejor a los países que tienen una deuda reducida (frente al PIB), o sea a aquellos que exhibieron superávit fiscal o déficit moderado en las épocas de normalidad. La lección es que un país puede adoptar políticas keynesianas en las recesiones si fue ortodoxo en las épocas de expansión y de bajo desempleo. El mejor ejemplo de este comportamiento lo proporciona la economía chilena.
