La última novela de Héctor Abad Faciolince, La Oculta (Alfaguara, 2014), traza un eje que arranca en el suroeste antioqueño en el siglo XIX, se centra en La Oculta, la finca de los tatarabuelos, y termina en Medellín y Nueva York de nuestros días.
Por ese eje van y vienen las gracias y desgracias de la familia Ángel. Con los años, los Ángel se mudan, se educan y trabajan en la ciudad, y se dispersan por el mundo. Mientras tanto, allá en las montañas, la finca se divide y subdivide con las herencias y los apuros económicos. Así, poco a poco, se va extinguiendo el ancestral apego a la tierra de los mayores.
En pocas décadas Colombia dejó de ser un país rural. Casi el 80% de sus habitantes vive hoy en las ciudades (hace 100 años, ese porcentaje era del 20%). A lo largo del siglo XX, millones de personas fueron expulsadas de los campos por la pobreza o la violencia. Aunque algunos encontraron en la ciudad abrigo, trabajo y educación para sus hijos, en alguna parte de la memoria colectiva de ese país urbano están retratados los recuerdos del reciente pasado campesino de sus padres y abuelos. Si bien para muchos se trata de una memoria de miseria y sufrimiento que quisieran olvidar, unos pocos afortunados, entre ellos los descendientes de colonos y propietarios más o menos prósperos, sienten que lo más entrañable quedó atrás, en las montañas, en el paraíso perdido que fundaron y les legaron sus mayores. Ese sentimiento nutre buena parte de la historia de La Oculta.
La Oculta habla también de la disolución de los dos pilares de ese mundo pretérito: la propiedad de la tierra ancestral y la pertenencia a la familia extendida. Es la historia del rompimiento del último nudo que ata a un pequeño grupo familiar a la finca que establecieron, cultivaron y amaron sus antepasados. La entrega y parcelación de La Oculta es la derrota del obstinado apego a la tierra, asociado a las nobles y simples virtudes de antaño, frente a la modernidad, el individualismo y los tratos mercantiles. Como todas las causas perdidas, el esfuerzo de los últimos miembros de la familia por mantener la finca es una lucha inútil revestida de romanticismo y ensueño.
El asedio y la decadencia física de la casa donde nacieron y murieron abuelos y bisabuelos, con sus retratos amarillentos, sus muebles viejos y los recuerdos de incontables navidades y vacaciones, es el foco de la nostalgia, el centro de un mundo que se extingue.
La Oculta habla también de la derrota de la militante pertenencia a la familia, la tribu regida por tradiciones, patriarcas y matronas, que arropaba a sus miembros, frente a las triunfantes fuerzas centrífugas que dispersan y lanzan a los individuos, solos y aislados, a cualquier parte del mundo.
La mítica recreación del follaje, la luz y el agua de las montañas antioqueñas evoca el recuerdo de Aurelio Arturo de su mágica infancia en el Sur. Y el imposible retorno del último miembro de la familia a la tierra de sus ancestros también trae a la memoria Los pasos perdidos de Alejo Carpentier. La lección no es otra: una vez abandonado, el retorno al Edén es imposible. Y al igual que Antonio Ángel, quien lamentará el resto de sus días la pérdida definitiva de La Oculta, ya no tiene regreso un país cada vez más confinado en decenas de ciudades inhumanas y que, para bien o para mal, hace mucho rato dejó de ser campesino.