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La segunda ola

Armando Montenegro

07 de noviembre de 2020 - 10:00 p. m.

En las próximas semanas, algunas de las principales ciudades de Colombia sufrirán su segunda ola del COVID-19. Los expertos señalan que este será el resultado inevitable de la creciente normalización de las actividades económicas y sociales, unido al hecho de que gran parte de la población no se ha contagiado.

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Esto ya está sucediendo en otras partes del mundo. La prensa nos describe las cifras y los impactos de los rebrotes en varios países de Europa. Nos habla de hospitales congestionados, nuevas restricciones y cuarentenas; nos cuenta de la resistencia de la gente, a veces en forma agresiva, y de los choques entre gobernantes nacionales y locales; en fin, registra también un nuevo desplome de las proyecciones económicas.

Además de la vulnerabilidad generada por los bajos porcentajes de personas que se han infectado, entre las razones de la segunda ola europea se citan: la creciente reactivación de los contactos entre la gente en trabajos, bares y restaurantes; cierta “fatiga” con el peso acumulado de la pandemia y, sobre todo, la inminente llegada del clima frío de la mano del otoño y el invierno, un hecho que obliga a todos a recluirse y compartir el aire plagado de las exhalaciones y aerosoles de sus seres cercanos.

En nuestro medio también se observa un cierto relajamiento de los estrictos cuidados y distancias que se adoptaron en los primeros meses de la pandemia, cuando, apremiada por el temor y la novedad, la gente aceptó de buena gana las normas del encierro. Al cansancio que se percibe por la prolongación de la emergencia se suman el empobrecimiento y el desempleo de cientos de miles de personas, que no tienen más remedio que salir a buscarse la vida y desafiar los riesgos del virus.

Si bien acá no tendremos el clima frío de los europeos, enfrentaremos algo potencialmente peligroso. Se trata de las celebraciones de fin de año, un ejercicio colectivo de intenso acercamiento social, con aglomeraciones, bailes, novenas y bebetas, tan inseguro, tal vez, como los enclaustramientos compartidos, herméticos y gélidos del hemisferio norte.

Aunque algunos alcaldes han anunciado limitaciones a las tradicionales celebraciones de sus ciudades —mediante la cancelación de ferias y carnavales y su reemplazo por eventos virtuales—, es posible que esto no sea suficiente para evitar una explosión de rumbas, jolgorios y sus correspondientes contagios. Después de todo, la gran mayoría de las celebraciones decembrinas ocurren en las residencias, barrios y algunos establecimientos no necesariamente permitidos y regulados. Es evidente, además, que los gobiernos locales no pueden ni tienen la capacidad de vigilar e impedir miles de reuniones privadas.

La principal responsabilidad por el cumplimiento de las normas de distanciamiento y protección debe recaer, en forma voluntaria, sobre las mismas personas. Debe surgir del convencimiento de que la pandemia no ha terminado y de que es necesario mantener comportamientos responsables, basados en el conocimiento de las formas de transmisión del virus y sus consecuencias sobre la salud. Por su parte, el Gobierno debería realizar campañas masivas para informar sobre la evolución de la pandemia, sus peligros y consecuencias, promover el cuidado y el distanciamiento social, y así evitar su relajamiento en las próximas semanas, especialmente al final de este año y comienzos del próximo.

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