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Monroe y Donroe

Armando Montenegro

15 de marzo de 2026 - 12:06 a. m.

Con la captura de Nicolás Maduro comenzó un nuevo capítulo de la historia de la intervención de Estados Unidos en América Latina. Unas semanas antes, el gobierno norteamericano había divulgado su Estrategia de Seguridad Nacional donde proclamó el Corolario Trump a la Doctrina Monroe. Allí se afirmó que ese país estaba decidido a mantener su preeminencia en el hemisferio occidental, asegurar su acceso a sus recursos naturales y oponerse a las ambiciones de sus rivales en la región.

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Esta historia comenzó en 1823 cuando el presidente James Monroe, después de la independencia de varios países latinoamericanos, les advirtió a las monarquías europeas que no debían intentar la reconquista de sus antiguas colonias, y que, en cualquier caso, Estados Unidos se reservaría el derecho de proteger sus intereses en el continente.

A lo largo de dos siglos, a nombre de esta doctrina, Estados Unidos intervino, ocupó países, apoyó golpes de estado y participó en varios conflictos en Centro y Suramérica. La doctrina fue interpretada y reinterpretada en numerosas ocasiones, de acuerdo con las cambiantes exigencias de la política y los intereses norteamericanos. Se recuerda el llamado corolario Roosevelt, por medio del cual este presidente declaró en 1904 que se reservaba el derecho de actuar como un policía en el hemisferio. De esos años se recuerda la separación de Panamá y la creación de la nueva república protegida por las cañoneras norteamericanas.

Sin embargo, en la vida de la Doctrina Monroe se dieron algunos episodios alejados de los propósitos imperiales de Estados Unidos. La notificación de Monroe a los europeos de que no debían intervenir en las Américas fue respaldada por los líderes de las nacientes repúblicas, entre ellos, Bolívar, Santander y Rivadavia. Y en las décadas siguientes, destacados diplomáticos y tratadistas de América Latina vieron en esta doctrina la promesa de un esquema para mantener la independencia y soberanía de sus países, dentro de una organización interamericana que abogaría por la igualdad y la solidaridad.

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El historiador Greg Grandin muestra* cómo el presidente Wilson, en su propuesta para la creación de la Liga de las Naciones en 1919, compartió las ideas de los abogados y diplomáticos latinoamericanos. Estos mismos principios de respeto a la soberanía de los países, al menos en el papel, más adelante, guiaron la política del Buen Vecino del segundo Roosevelt y la creación de instituciones como la OEA. Ya en este siglo, para despejar cualquier duda sobre las verdaderas intenciones de su país, el secretario de Estado del gobierno de Obama declaró en la OEA en 2013 que “llegó a su fin la era de la Doctrina Monroe”.

Grandin muestra, en cambio, la forma como se interpretaba esta Doctrina en tiempos del mismo Wilson. Después de la Gran Guerra, Japón y los países europeos con intereses imperiales la invocaron repetidamente para justificar sus políticas colonialistas y de dominio de sus esferas de influencia, en China, África y varias regiones de Asia. El mismo Hitler, en Mein Kampf, acudió a la Doctrina Monroe para fundamentar la anexación de territorios que consideraba vitales para Alemania.

Con el Corolario Trump, América Latina vuelve a percibir el más crudo y tosco significado de la Doctrina Monroe.

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* Grandin, G. (2025) “America, América, A New History of the New World”. New York, Penguin Press.

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