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El historiador británico Niall Ferguson acaba de publicar un apasionante libro sobre los impactos políticos que traen catástrofes como guerras, hambrunas, terremotos y pandemias.
En el caso de las pandemias, Ferguson plantea que la mortalidad de los patógenos es un reflejo, en buena medida, del ordenamiento político de las sociedades que ellos atacan. Corea y Taiwán, con la experiencia del manejo exitoso de pandemias anteriores, presentan mejores resultados que los de muchos países occidentales en su lucha contra el COVID-19. Y, en el caso de la mayoría de los de América Latina, sus deplorables cifras de muertos por cada millón de habitantes son una consecuencia de la debilidad de su aparato estatal y la incapacidad de sus gobiernos de fomentar el cuidado, rastreo y distanciamiento social.
Ferguson señala que la historia muestra cómo, con alguna frecuencia, los contagios biológicos se extienden a los fenómenos políticos. Al respecto, menciona varios ejemplos. La influencia de los desastres generados por la Gripa Española sobre la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial, la guerra civil en Rusia y el ascenso definitivo de los bolcheviques en 1918-19. Y, el año pasado, en medio de la pandemia de COVID-19, la ola de manifestaciones en Estados Unidos, después de la muerte de George Floyd en Mineápolis, que desencadenó el movimiento Black Lives Matter, con una notable repercusión en la política de Estados Unidos y en otros movimientos sociales en todo el mundo.
Se puede pensar que este mismo hecho también se ha observado en Colombia durante este año. Ya que el COVID-19 ha acentuado enormemente la pobreza, la desigualdad y el empleo, especialmente entre los jóvenes, el paro nacional y sus impactos políticos en alguna medida deben entenderse como consecuencias de los efectos devastadores de la pandemia sobre la sociedad colombiana. Paro, bloqueos y pandemia, además, se refuerzan entre sí: las manifestaciones multiplican los contagios, y los bloqueos y la violencia aumentan el desempleo, debilitan la economía y así terminan golpeando a los más pobres. Cuando en el futuro se estudien las estadísticas de la pandemia, se hallará, seguramente, que el paro causó más muertos en las UCI que en los choques en las calles entre los manifestantes y la policía y los ataques de los vándalos.
Las grandes catástrofes, además, pueden acelerar o causar cambios sociales y políticos permanentes. Entre otras cosas, pueden debilitar el Estado, llevarlo a la bancarrota, incapacitarlo para cumplir sus obligaciones y hacerle perder su legitimidad ante la sociedad. Cuando esto sucede, las cosas nunca vuelven a ser las mismas que antes de las pandemias, las guerras o las hambrunas. Al respecto, otro gran investigador, Jared Diamond, nos mostró hace algunos años cómo cambios climáticos y ambientales llevaron al colapso definitivo de la civilización maya y la de la isla de Pascua.
A la luz de estos hechos es interesante meditar sobre la crisis política y social desencadenada por la pandemia en Colombia. El enorme debilitamiento financiero del Estado y la dificultad para hallar soluciones a la crisis constituyen una alerta de los impactos profundos y duraderos que puede producir esta situación en el futuro de la vida nacional.
Niall Ferguson (2021). “Doom: The Politics of Catastrophe”. New York, Penguin Press.
