Una verdadera revolución tecnológica, fruto de las investigaciones de EMBRAPA (entidad dependiente del ministerio de Agricultura de Brasil), ha hecho posible un fuerte aumento de la producción de trigo en sus zonas tropicales, con altísimos rendimientos por hectárea, y la consecuente reducción de las importaciones. Se espera, además, que este país se convierta en pocos años en un gran exportador del grano.
Las cifras son elocuentes. Brasil hoy consume cerca de 11.4 millones de toneladas e importa 6 millones de toneladas de trigo. Se prevé que hacia 2030, producirá 20 millones y consumirá solo 14 millones de toneladas. En ese momento, será uno de los grandes exportadores del grano.
El desarrollo de variedades de trigo aptas para zonas tropicales y secas es una gran noticia para los países importadores, entre ellos, los africanos y latinoamericanos cercanos al ecuador.
Colombia produce apenas unas 5.000 toneladas de trigo en escasas 3.000 hectáreas situadas en Nariño y Boyacá, con una productividad menor a las 2 toneladas por hectáreas (en las zonas tórridas de Brasil se están logrando 10 toneladas por hectárea).
Una exitosa sustitución de importaciones de trigo, como la que está logrando Brasil, requiere por lo menos de tres elementos: (i) una tecnología de punta, fruto de la investigación en adaptación genérica, que permita alta productividad en zonas tórridas; (ii) centenares de miles de hectáreas de tierras planas, aptas para la producción a gran escala; (iii) suficientes capitales de los inversionistas privados, disponibilidad de crédito e infraestructura. Con estos ingredientes es posible producir grandes volúmenes, sin subsidios, y, al mismo tiempo, competir exitosamente en los mercados internacionales.
Por el contrario, nuestros fracasados intentos de sustituir importaciones en décadas pretéritas se basaron en el cierre del mercado nacional, precios monopólicos para explotar a los consumidores domésticos, sin ningún esfuerzo para aumentar la productividad y con nula competitividad internacional. Lo peor es que, al parecer, algunas de las recientes propuestas de reindustrialización del país, también de espaldas a la investigación aplicada, se fundamentan en estas mismas premisas.
El gran potencial de desarrollo agrícola de Colombia –alrededor, por ejemplo, de la producción masiva de maíz y trigo–, se pondrá en marcha cuando exista tecnología avanzada y se resuelvan los obstáculos legales a la formación de extensas unidades de producción en tierras aptas, que hoy impiden las inversiones en el desarrollo de grandes proyectos.
La sustitución de importaciones de maíz requerirá la vinculación de más de un millón de hectáreas en grandes unidades productivas. Por su parte, la de las importaciones de trigo, cuando estén disponibles variedades adaptadas a la altillanura, requerirá la siembra de entre 300 y 500 mil hectáreas, bien servidas de carreteras, seguridad y otros servicios estatales. Nada de esto, infortunadamente, existe en la actualidad.
Con el ejemplo del trigo, y antes con el de otros granos, Brasil nos ha demostrado que, con adecuadas políticas de largo plazo y un sostenido e inteligente apoyo del Estado, este tipo de proyectos es factible y rentable en manos del sector privado. Son potentes instrumentos para crear riqueza, empleo y oportunidades para el campo.