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¿A qué van al Congreso?

Arturo Charria

10 de marzo de 2022 - 12:00 a. m.

En Colombia hay varios congresistas que ocultan su mediocridad mostrándose como “alternativos” o de “oposición”: representantes a la Cámara y Senadores que durante cuatro años no logran un solo acuerdo. Por el contrario, se atrincheran pensando que su tarea se reduce a torpedear todo proyecto y olvidan que la política consiste en hacer más fácil la vida de las personas o realizar un control que haga temblar al gobierno.

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Son políticos del like y la indignación: usan frases altisonantes y se solidarizan con todas las causas. Sin embargo, no están dispuestos a hacer ninguna “concesión” a sus contrarios para lograr que sus propias iniciativas tengan las mayorías que requiere un proyecto de Ley. Olvidan que hacen parte de una corporación y que necesitan a sus adversarios para materializar sus propuestas.

Esa ineficiencia les acerca a esos otros congresistas que se inventan pendejadas como declarar patrimonio cultural las cabalgatas o penalizar la infidelidad. Leyes que no sirven para nada y que cuando uno se entera siente como si alguien le metiera la mano al bolsillo.

Estos congresistas alternativos confunden los debates de control político con un show mediático. No investigan, y sus argumentos tienen más adjetivos que ideas. Prefieren tirarle billetes de juguete al ministro de Hacienda en su debate de moción de censura o estamparse mensajes contestatarios en sus camisetas.

El congreso es una instancia en donde la política también debe concretarse en acuerdos que den paso a leyes que mejoren la cotidianidad de las comunidades, como las de transporte escolar rural, la regulación de la comida chatarra o la licencia compartida para promover una paternidad responsable. Proyectos que no nacieron por iniciativa de los partidos de gobierno, pero que fueron posibles por la búsqueda de consensos.

Al momento de elegir a un congresista se deberían tener en cuenta dos parámetros: su trayectoria profesional y, en caso de reelección, los proyectos que logró aprobar en su periodo anterior. Lo primero resulta fundamental para imaginar el nivel de profundidad que tendrán sus debates y lo segundo para exigir que una buena gestión no se mida por la gritería, sino por la efectividad legislativa.

Quizá por eso hay que identificar candidaturas serias, con una agenda clara y con personalidades capaces de convertir en leyes las ideas. Pienso por ejemplo en Diana Rodríguez, candidata a la Cámara por Bogotá, quien durante quince años ha trabajado por la paz y la defensa de los derechos de las mujeres. Pienso en Francisco Cuadros, candidato a la Cámara por Norte de Santander, quien podría llevar al congreso los temas de una frontera golpeada por todas las formas de violencia y una clase dirigente que se ha devorado durante décadas al departamento.

Administrar el malestar social y la indignación puede ser rentable en las redes sociales, pero de nada sirve llegar al congreso y no mostrar resultados. Algunos llegan por el impulso del fuego que agitan en las calles. Pero ellos no son la llama, sino el humo que queda.

Puntilla. Hay un candidato presidencial a una tarima de distancia de prometer que Colombia iniciará la carrera espacial el 7 de agosto.

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