En Cúcuta la memoria se pierde en el aire, es humo que circula entre el calor del mediodía y el aleteo de los gallinazos.
Todas las formas posibles del horror han agotado las palabras de quienes han intentado narrar la violencia de Cúcuta y el departamento. Allí nada crece, basta con arrojar una semilla en la tierra más fértil de la región, para que del suelo salgan huesos y jirones de pelo. El calor y el humo nublan la mirada de los transeúntes. Los niños ven caer las cenizas, juegan a cogerla en el aire, como si fueran mariposas, aprietan sus pequeños puños y cuando vuelven a abrirlos, ven que la ceniza es un hilito rojo que se mete entre las líneas de las palmas de sus manos. Son las líneas de la vida que arrastran como ríos a la muerte.
— ¿Qué es esa ceniza?, preguntan los niños en sus casas y en las escuelas. Nadie sabe responderles.
En Cúcuta el silencio se vuelve una ignominia, y sin embargo, hay ruido, mucho ruido en las calles. La gente camina para buscar la sombra de los árboles como buscan a Dios los domingos; esperan en las esquinas a que pase la brisa, no se dan cuenta de que ahí, bajo los árboles, también caen cenizas y el humo también se desprende de las hojas que caen con ese viento quieto de Cúcuta. No se dan cuenta los que caminan por la ciudad que tienen las suelas de los zapatos llenas de pequeños agujeros que se agrandan con cada paso: son las astillas de los huesos que no pudieron quemar para convertir en polvo y olvido.
De nada sirve que la gente barra las entradas de sus casas cada mañana y cada noche; la ceniza sigue entrando por el filo de las puertas, la arrastran en sus zapatos, se cae de las pestañas cuando parpadean. De nada sirve que prendan los televisores para llenar de olvido la memoria, la ceniza sigue apareciendo del otro lado de la pantalla, como un silbido que se queda suspendido en el tiempo.
A 30 minutos de Cúcuta, en Juan Frío, la muerte sigue ardiendo en los hornos que ahora son escombros. La forma de la infamia conserva la figura vertical por donde salía el humo: allí quemaron a personas vivas y muertas, allí arrojaron cuerpos enteros y en pedazos, allí arde el dolor a una temperatura capaz de concentrar todos los odios del mundo.
Al principio fueron unos cuantos y usaron gasolina, llantas y madera para que el fuego se mantuviera encendido hasta borrar el rastro de aquella vida. Con el paso de los meses no hizo falta ningún combustible para mantener encendidos los hornos, bastó con la indiferencia de la ciudad para que el fuego ardiera hasta convertir en ceniza el viento.
En Juan Frío los paramilitares quemaron más de 560 personas, quisieron borrar el rastro de la barbarie; pero no lo lograron. El olor hiede en cada calle de la ciudad, se mueve por el aire que arrastra el aleteo de los gallinazos, animales que se reproducen como la ignominia de una ciudad que se niega a aceptar a sus muertos.
En las calles de Cúcuta el silencio de sus habitantes es cómplice. Sus habitantes se han acostumbrado a ver a cientos de familias que caminan escarbando el aire, como si trataran de abrir con sus uñas una inmensa fosa. Esas familias van y vienen como sombras en una ciudad llena de luz oscura, son fantasmas de una memoria que no cabe en los cementerios, allá no hay espacio para los que fueron desaparecidos, para los que ni siquiera dejaron la dignidad de convertirse en huesos.
* Por denunciar estos hechos valientes periodistas y académicos han sido amenazados, entre ellos Jhon Jairo Jácome, Renson Said Sepúlveda y Javier Osuna, a ellos toda mi admiración. Sus textos nutren estas palabras.