El viernes 13 de marzo de 2020 el presidente anunció el cierre de las fronteras terrestres. En Cúcuta la noticia no sorprendió a nadie, pues, desde hace seis años, la disputa entre Bogotá y Caracas se ha ensañado con los habitantes que diariamente cruzan de un país a otro. Esta vez, el cierre no era producto de una disputa diplomática, sino la primera medida que tomaba el Ejecutivo para contener la propagación de la pandemia y, para ese entonces, parecía una decisión sensata.
Sin embargo, han pasado diez mil horas desde ese anuncio y todo sigue igual. No importa la experiencia de más de un año o las certezas científicas, porque desde Bogotá la orden es siempre la misma: “la frontera seguirá cerrada”. Esas palabras, que parecen procedimentales, en Cúcuta repercuten con hambre, violencia y muerte. Porque la frontera no es un puente o un decreto, sino una forma de vida. ¿A quién se le ocurre pensar que la gente prefiere exponer su vida a la creciente de los ríos o a la amenaza de los grupos armados que controlan las trochas, en lugar de quedarse del otro lado?
De nada sirven las mesas de trabajo propuestas por el Gobierno, con ministros y asesores, si estas no tienen como propósito la apertura, o al menos el inicio de un plan piloto para avanzar y ganar confianza. No se trata de abrir y ver qué pasa, sino de encontrar alternativas a las situaciones que podrían presentarse cuando inicie el flujo de personas. Abrir y cerrar como se hace cuando incrementan los picos de contagio, tener conocimiento de la situación epidemiológica en ambos territorios y controlar la ocupación de camas de pacientes que requieren atención médica. Conjugar estas medidas a través de tableros de control permitiría tomar decisiones y daría un respiro a miles de personas que exponen su vida al cruzar de manera irregular bajo los puentes.
Es necesaria una posición más fuerte por parte de los dirigentes locales y presidentes de las agremiaciones, y la creación de un frente común que demuestre que desde la región estamos listos. No basta con que el gobernador, el alcalde y los gremios envíen cartas o enumeren las consecuencias del cierre cada vez que el presidente pasa por Cúcuta. Tampoco ayuda la dispersión de los congresistas que no se hacen sentir en bloque, y que, salvo algunos trinos, no han dado el primer debate sobre la situación que vive el departamento.
Ahora bien, estos esfuerzos no deben partir de una actitud ingenua sobre las decisiones que pueden venir por parte del gobierno venezolano, pues hay posiciones y tensiones que no se resuelven con alistamiento y buena voluntad. Por tanto, se debe pensar una mediación que permita ver la apertura como un triunfo de las partes y no como una derrota de quien tome la decisión de hacerlo.
Cada hora que la frontera permanece cerrada aumenta la precariedad de las personas y otras tantas exponen su vida intentando cruzarla. Por eso hay que hacer todo lo necesario para abrirla y crear las condiciones, ya no para que sea posible, sino para que sea inevitable. Tal como lo escribió Chimamanda Adichie en los tiempos que Biafra intentaba ser país: “Si el sol se niega a salir, lo haremos salir nosotros”.
Coda. Han pasado tres semanas desde que el presidente inauguró el Centro de Atención Sanitaria a personas en tránsito y a la fecha no se ha atendido al primer caminante que inicia su recorrido entre Cúcuta y América Latina.