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El baile de los que sobran

Arturo Charria

19 de mayo de 2021 - 10:00 p. m.

La fuerza de las movilizaciones lideradas por los jóvenes ha hecho que el Gobierno acepte negociar políticas y ajustar asignaciones presupuestales: la caída de la reforma tributaria, avances en la matrícula cero y un programa para el primer empleo son resultado de los plantones y marchas a nivel nacional.

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A diferencia de otras movilizaciones históricas, esta no puede analizarse bajo la estrategia de la “acumulación de fuerza” propia de las organizaciones sindicales. Adicionalmente, cada día el foco de resistencia se mueve a un nuevo territorio, lo que impide hablar de una agenda única de negociación y una representación capaz de recoger las emociones que están en la calle. Esta dinámica hace que el Gobierno y el autonombrado “Comité Nacional del Paro” se vean igual de perdidos cada vez que se reúnen, pues, más allá de sus convicciones o posiciones, ninguna de las partes tiene injerencia sobre lo que se agita en las calles.

Y es que los jóvenes están jugados. La incertidumbre y el desempleo los movilizan. Allí se juntan quienes estudian y sienten temor de enfrentarse a un mercado laboral que no les brinda una oportunidad. También están los jóvenes que se graduaron como profesionales o de carreras técnicas (con créditos que no pueden pagar) y que están cansados de pasar hojas de vida. En los plantones están los jóvenes que trabajan en oficios distintos a lo que estudiaron o los jóvenes que trabajan más de 50 horas semanales por salarios de hambre. En las asambleas populares están multitudes de jóvenes que ni estudian ni trabajan y que, por primera vez, están siendo reconocidos como parte de algo: pelados y peladas que, como cantaban Los Prisioneros, andaban por la vida “pateando piedras”.

A la violencia estructural de crecer en un país sin oportunidades se han sumado la represión y los excesos de la Fuerza Pública durante estas semanas: homicidios, tortura, desapariciones y violencia sexual hacen parte del repertorio de violencia ejercida desde el Estado. Asimismo, desde la otra orilla, los jóvenes tienen el reto de levantar un muro que los separe de quienes se infiltran en las manifestaciones para escalar la protesta a través del fuego y la destrucción.

Esos jóvenes, con orígenes y agendas plurales, están convergiendo y creando una masa crítica en la que comienzan a encontrar códigos comunes. Paradójicamente, a esta generación la unió la desesperanza y ha sabido darle una vuelta a ese sentimiento a través de la solidaridad. Allí en los puntos de convergencia han compartido sus frustraciones y expectativas, y lo han hecho en acciones colectivas en las que cada quien da lo que puede y toma lo que necesita.

Esos jóvenes se cansaron y nos lo están haciendo saber. Ya que no pudimos hacer nada para evitar que el país llegara a este punto, al menos dejemos que lo transformen. De ahí la importancia de reconocer que su malestar es un grito de justicia y su lucha, un intento por evitar que su lugar en el mundo siga siendo el baile de los que sobran.

@arturocharria

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