24 Jun 2021 - 3:00 a. m.

“El papá de Arturo”

Arturo Charria

Arturo Charria

Columnista

Por estos días, una colega compartió en sus redes sociales una sentencia que su hija le había hecho sobre su criterio para escoger regalos: “Mamá, no quiero dar más libros de regalo a mis amigos. Eso es algo que tú quieres no es algo que quieran ellos”. El certero reclamo de la indignada niña me hizo pensar en el primer libro que recuerdo haber recibido de regalo y el difícil arte de obsequiarlos.

El año exacto de los acontecimientos no lo tengo claro, debía estar en segundo o tercero de primaria. Aunque tenía libros que me compraban mis papás, estos nunca fueron parte del repertorio de festividades oficiales: cumpleaños o Navidad. Eran ejemplares que llegaban a través del catálogo del Círculo de Lectores, por la misma vía en que lo hacían las enciclopedias y otros libros de consulta.

Algún día de finales de agosto la profesora nos dijo que la segunda semana de septiembre celebraríamos “el amigo secreto”. Era la primera vez que escuchaba de esa nueva festividad que agregaba un hito en la recepción de regalos. Además, nos dijo que no tendríamos las últimas horas de clase, que debíamos traer comida para compartir y podíamos venir de “particular” (nombre que se le daba al uso de ropa de calle en la jornada escolar). Gritamos y golpeamos los pupitres en feliz algarabía.

Esa noche me costó dormir pensando en el regalo que recibiría. Todo tipo de opciones encendían mi imaginación y, como una gigantesca vitrina, pasaban juegos de mesa, figuras de acción y carros a control remoto. Cuando repasaba todas las opciones, me concentraba en especular cuál sería el compañero que me daría el esperado obsequio.

Ese día todos llegamos con empaques multiformes. Recuerdo la ansiedad durante la entrega, éramos unos 40 imberbes gritando e incapaces de seguir las instrucciones que había dado la profesora. Cuando uno de mis compañeros se dirigió hacia mi puesto, no pude ocultar mi decepción anticipatoria. Lo primero que pensé es que se trataba de unos chocolates, pero no, era peor, un libro: El papá de Arturo, ese era el título. Seguramente a la madre o el padre de mi compañero le pareció ingenioso, a mí no.

Llegué aburrido a la casa y lo dejé sobre una mesa. Ni siquiera le quité el plástico transparente que lo preservaba. Así quedó durante varios meses. Pero, un día de diciembre, en medio del aburrimiento y el calor de las cuatro de la tarde en Cúcuta, decidí ojearlo. Lo leí en la puerta de la casa atento de si algo mejor se presentaba en la calle.

Al terminar la lectura me sentí feliz, incluso recuerdo haberlo leído un par de veces más y, aunque prefería los relatos de Franz y sus aventuras en la escuela, ese regalo le dio otro sentido a la lectura y a la amistad.

Con el tiempo aprendí que obsequiar un libro requiere un justo equilibrio entre aquellas obras que nos gustan y el conocimiento de la persona que la recibe. Por eso es bueno tomarse el tiempo necesario antes de precipitarse en la compra, más vale repasar conversaciones y juntar esas piezas como quien descifra un acertijo. Cuando se tiene una idea, el siguiente paso es buscar su correspondencia literaria, lo que en muchos casos puede convertirse en el inicio de otra búsqueda tan interesante como la amistad misma.

Espero que mi colega pueda llegar a un acuerdo con su hija, pues regalar un libro siempre será una buena opción.

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