Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Por estos días la “gente de bien” de Cali salió a las calles a pintar de gris los murales que los jóvenes habían hecho denunciando la violencia estatal, los desaparecidos y la represión desatada durante el paro nacional. Esa gente estaba uniformada con camisetas que decían #NoAlComunismo y, sobre el mensaje, se destacaba la imagen de un puño cerrado dentro de una señal de prohibido.
La escena, que se ha repetido por todo el país me hace recordar el cuento “El pueblo que no quería ser gris”, escrito e ilustrado por Beatriz Doumerc y Ayax Barnes en 1975, un año antes de que iniciara la dictadura en Argentina y los autores tuvieran que exiliarse. El cuento habla de un rey grande en un país pequeño, muy parecido al nuestro. Pues bien, “En el país chiquito vivían hombres, mujeres y niños. Pero el rey nunca hablaba con ellos, solamente les ordenaba”. Tanto le gustaba ordenar que un día dijo “ordenaré que todos pinten sus casas de gris”.
En Colombia hay muchas personas pequeñas que se piensan grandes imitando la voluntad de aquel rey y andan por la vida ordenando pintar las paredes de gris, los puentes, los parques y la imaginación siempre del mismo color. Pero ni siquiera es el gris de una ciudad en obra, sino una tachadura asimétrica en la que la rabia es el único trazo que se destaca. No necesitan reemplazar por otras imágenes o palabras los murales, porque el mensaje es el tachón, la censura y el odio.
Pero volvamos al país chiquito del cuento. La orden del rey se cumplió y todos pintaron sus casas de gris. Bueno, casi todos, pues uno se distrajo mirando el cielo y vio pasar una paloma de colores. Tanto le gustó que decidió pintar su casa de esos colores. El rey se entera y ordena a los guardias que traigan a ese sujeto (“vándalo” dirían en cualquier país chiquito). Los guardias van a cumplir la orden, pero, cuando llegan, se dan cuenta de que eran dos las casas pintadas. Regresan y le cuentan al rey, quien ordena “¡Me traen a uno y a otro, inmediatamente!”. Pero, cuando los guardias salen se dan cuenta de que había 333.333 casas pintadas. El rey ordena que le traigan todo lo que sea de colores.
En Colombia es común ver que los murales los borren soldados, policías y personas de civil con corte militar que actúan bajo la orden de algún reyezuelo. Como ocurrió en Cúcuta, cuando el escolta del coordinador del Centro Democrático en Norte de Santander amenazó y golpeó a un joven que cuestionaba a un grupo de personas que borraba un mural hecho contra el Gobierno de Duque “Bala es lo que le vamos a dar”, gritó el guardia gris del reyezuelo de tierra caliente que además les decía “guerrilleros hijueputas”.
El cuento termina con el pueblo pintado de colores. Una paloma levanta vuelo y llega al siguiente país, en dónde también había otro rey que había ordenado pintar las casas de gris. En Cúcuta, después de que los grises tacharan el mural, los jóvenes volvieron a reunirse para intervenir de nuevo el puente, una periodista le preguntó a uno de ellos, ¿qué pensaban hacer? El joven le respondió “Pintura es lo que hay, pintura es lo que viene”.
