No es lo mismo enseñar literatura que en señar literatura. Lo primero se refiere a la experiencia pedagógica de un docente que habla con sus estudiantes de autores que hacen parte del currículo escolar. Lo segundo se refiere al proceso de llevar a lengua de señas libros cuyas palabras adquieren significado cuando se mueven en las manos de las personas sordas.
Para una persona sorda, leer un texto escrito es un proceso complejo, ya que su relación con el mundo y las palabras está mediada por la lengua de señas. Contrario a lo que muchos creen, ésta no es, exclusivamente, una forma de comunicarse entre quienes comparten una discapacidad, sino una cultura en sí misma.
Pepita Cedillo, docente y escritora catalana sorda, afirma que suele sentirse extranjera cuando camina por su ciudad, porque las cosas más simples pueden resultarle ajenas. Ese sentimiento es parte de la vida de una persona sorda y se manifiesta en sus asuntos más cotidianos: los letreros en las calles, las noticias o el estudio.
En el conjunto de asuntos ajenos o extraños para las personas sordas está la literatura, justo porque su naturaleza está en la palabra escrita. Por supuesto, hay sordos que logran leer y comprender textos, incluso pueden dominar la gramática de otros idiomas. Sin embargo, para la mayoría de ellos siempre serán códigos impersonales, ya que su lengua materna es la lengua de señas y su cultura no puede separarse del movimiento de sus manos.
Estas circunstancias hacen parte de una discusión sobre la forma más adecuada de acercar la literatura a la comunidad sorda, liderada por la Biblioteca Luis Ángel Arango, y en la que participan profesionales sordos, intérpretes y bibliotecarios. Tras varios encuentros se llegó a la conclusión de que la mejor opción consistía en adaptar ciertos textos literarios a lengua de señas, sin que la mediación estuviera dada por un intérprete y alguien que leyera en voz alta.
El ejercicio fue realizado por Diego López, profesor sordo, licenciado en Lengua Castellana. Se discutieron los aspectos más relevantes de un cuento de Gabriel García Márquez y se identificaron ajustes que requería el texto: expansiones lingüísticas para construir mejor los personajes o los ambientes descritos por el autor. Como toda traducción, esta también fue una reinvención de la obra.
En un espacio ampliado se invitó a profesores sordos y modelos lingüísticos (personas sordas con un buen uso de la lengua de señas colombiana que trabajan con niñas, niños o adolescentes que están aprendiendo a usarla y apropiándose de ella). El propósito del espacio era identificar si, al ver la traducción hecha por Diego López, se podía dar una conversación desde niveles interpretativos del sentido y contenido de la obra. De manera que, a su vez, estos docentes tengan herramientas para incluir la literatura como parte del currículo con estudiantes sordos.
Más que llegar a conclusiones, este proceso abre discusiones sobre educación, literatura e inclusión. No se trata de un tema estético, sino de mundos posibles y de entender que también se puede en señar la literatura.
Puntilla. Parece que detrás de la revocatoria del alcalde de Cúcuta, Jairo Yáñez, no hay ciudadanos inconformes, sino inversionistas que están pisando un negocio.