Semanas después de que entraran a robar a su cuarto de estudiante de provincia, Renson Said recibió una llamada. Era de la librería Merlín en Bogotá, un lugar que además de vender libros de segunda mano, se especializa en buscar títulos selectos para sus clientes. Le dijeron que tenían unas ediciones sobre García Márquez y que por su rareza quizá podían interesarle. Bastó con que le dieran el nombre de dos de ellos para saber que se trataba de sus libros. No dijo nada y salió para la librería. Cuando se los iban a mostrar contó su historia y, para comprobar que eran los que le habían robado, describió la forma en que estaban subrayados “en amarillo está lo que me llama la atención, en verde lo que debo aprender de memoria” y recitó, casi de manera perfecta, un pasaje sobre el estudio del Otoño del patriarca de Michael Palencia-Roth. Gracias a esas señas pudo comprar con descuento sus propios libros.
Una de las formas en las que los lectores nos relacionamos con los libros está atravesada por las marcas que dejamos en sus hojas. Hay de todo tipo. Comenzaré por los que tienen un método y el espacio de lectura parece la mesa de un cirujano, pues diseccionan meticulosamente cada página. En este grupo es común encontrar personas que subrayan con regla y con precisión quirúrgica. La rectitud del trazo hace pensar que esas líneas hacen parte de la anatomía del libro y hasta da gusto verlos.
También están los que amplían el sentido de la obra con anotaciones en las márgenes, en ocasiones estas marcas se convierten en un diálogo que se expande por generaciones. Primero entre el lector y la obra, luego entre segundos y terceros lectores que, además de hablar con el autor, conversan con quien dejó sus impresiones entre líneas. Así le pasó a un amigo, quien ha conocido a su padre a través de los libros que dejó después de su muerte. Nunca pudo hablar en persona con él, pero las anotaciones agarrotadas en sus libros le han permitido identificar rasgos de una personalidad esquiva. Cuando repasa esos viejos volúmenes se sorprende al verse reflejado en una caligrafía que lleva más de cincuenta años detenida.
Subrayamos por muchos motivos. A veces con la esperanza de volver sobre una frase que nos cautivó o porque sobre esa línea está la respuesta a preguntas que no lográbamos hacer de manera correcta. Cada trazo es una extensión de la vida y, si ordenáramos cronológicamente esas lecturas, podríamos armar nuestra biografía con esos fragmentos extraídos. Por eso hay quienes se niegan a prestar sus libros, pues saben que al hacerlo no solo existe la posibilidad de perderlos para siempre, sino de quedar expuestos ante los demás.
Para el escritor argentino, Alberto Manguel, la lectura es una experiencia compartida. Se refiere al eco de los autores que resuenan en toda obra y que abarca en cada palabra la literatura que le precedió. Sin embargo, cuando volvemos sobre una marca o una frase hecha años atrás, ese eco no está en el mundo, sino en nosotros mismos y en el intento por descifrar aquello que se oculta entre líneas.
Puntilla. No existe diferencia entre el anuncio de la candidatura de Miguel Polo Polo a la Cámara de Representantes por el Centro Democrático y las candidaturas de tuiteras y tuiteros de la oposición. Son personajes que tienen la misma “profundidad” en su discurso y que agitan con idéntica irresponsabilidad las redes sociales.