“Sus escritos son muy bellos, porque la verdad ilumina el lenguaje”, dijo el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, al escuchar las historias de Almas que escriben. Se habían reunido para compartir los relatos que llevaban meses trabajando. Ramírez los escuchaba con atención; en una hoja tenía el croquis de la mesa con sus nombres, cuando terminaban de leer, él anotaba unas cuantas frases y pedía que leyeran algo más. La jornada duró dos horas. La conclusión del escritor y actual premio Cervantes fue contundente: nunca había aprendido tanto del conflicto armado en Colombia como ese día.
Hace un año, un grupo de víctimas, de personas en proceso de reincorporación y un soldado retirado comenzaron una serie de encuentros bajo el nombre de Almas que escriben. En el primer taller vieron un libro con las páginas y la portada en blanco: el propósito era llenarlo con sus historias, con sus recuerdos, con sus memorias y, sobre todo, con sus esperanzas. Cada taller tenía como objetivo explorar nuevas formas de escritura, pero también nuevas formas de navegar por sus recuerdos, de tramitar sus dolores y de comprenderse a sí mismos, incluso de reconocerse en las historias de sus compañeras y compañeros.
El grupo era diverso: había historias del exilio, de esposas y hermanas que aún siguen buscando a sus esposos y a sus hermanos; de hombres que fueron obligados a ir a la guerra; de jueces asesinados mientras ejercían su trabajo; de compañeros que murieron en el atentado al Club El Nogal. Los relatos que surgieron de este proceso de escritura nos hablan de la guerra en el campo y en la ciudad: son cartas a quienes ya no están, semblanzas a los seres queridos, relatos de violencia y esperanza, y cartas de gratitud. En las páginas del libro Almas que escriben no se busca sintetizar la historia de un conflicto armado tan complejo como el colombiano, sino explorar las marcas que la guerra dejó en personas de carne y hueso, personas a las que la violencia les partió para siempre la vida.
El proceso no fue fácil: se debía tener mucho cuidado y apoyo psicosocial, porque la exploración a través de recuerdos dolorosos puede causar daños aun tan grandes como los dejados por la guerra. Por eso el trabajo no sólo estaba centrado en la escritura, sino que también buscaba contribuir al proceso de reparación que cada persona que ha sido víctima de la guerra merece. Esta relación entre escritura y reparación se dio a través de la construcción de confianza y de la creación de condiciones para que cada persona encontrara su propia voz a través de la palabra. En los talleres nadie estaba obligado a escribir, porque el silencio también es una opción en todo proceso narrativo. Sin embargo, cuando uno de los participantes compartía su relato todos y todas acompañaban de manera solidaria la voz escrita.
En este sentido, la escritura como acción reparadora está en el reconocimiento de la importancia y necesidad de estas historias, ya que a través de ellas podemos comprender la dimensión humana de nuestra guerra. La segunda parte de este proceso de reparación es responsabilidad de nosotros como sociedad, pues aun sin conocer a los autores y autoras, estamos en capacidad de solidarizarnos y sentir con ellos y ellas. Así, cada relato puede y debe ser leído como un documento que va de lo personal a lo político, porque la vida de familias enteras fue fracturada por una guerra que se fue metiendo en nuestros hogares, en nuestras habitaciones, dejando camas vacías, fotografías en blanco y un cúmulo de ausencias que nunca terminará de llenarse.
* El libro “Almas que escriben” fue un proceso liderado por la Alta Consejería para los Derechos de las Víctimas, la Paz y la Reconciliación de la Alcaldía Mayor de Bogotá. El libro se lanzará el 9 de abril, Día Nacional de la Memoria y Solidaridad con las Víctimas del Conflicto Armado. Este proyecto contó con el acompañamiento de la psicóloga y editora Mariana Schmidt.