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La semana pasada, el presidente Duque visitó la frontera y, salvo los trancones que dejó el despliegue de su logística y la de sus ministros, los cucuteños siguen preguntándose a qué vino.
De nada sirvieron las solicitudes de los comerciantes y las autoridades locales que pedían la apertura del paso entre Colombia y Venezuela, pues el tema, al igual que la región, no está en la agenda del presidente. La desidia con que abordó el tema evidencia su desconocimiento de la situación: con argumentos sanitarios justificó un cierre que solo cabe en su imaginación y demostró que el obstáculo más grande entre Bogotá y Cúcuta no es la cordillera oriental sino la indiferencia con que Duque responde a las necesidades del territorio.
El presidente no visitó el departamento para atender la crisis que se vive en la región por la guerra en el Catatumbo, el desempleo y la informalidad, sino para celebrarse a sí mismo. Su agenda estuvo llena, pero su significado era vacío: cortó la cinta del Hospital de Gramalote, demolió una casa usada para el consumo de drogas, entregó unas motos a la policía, puso la primera piedra de un puente y simuló la inauguración el Centro de atención para caminantes que inician el recorrido entre Cúcuta y Latinoamérica.
En este Centro de atención habló de fraternidad, de amistad y otro montón de lugares comunes sobre lo que significa habitar la frontera. Sobre la tarima dispuesta para la ocasión, el presidente se sentía como un hombre de Estado, cuando en realidad parecía un asistente de logística haciendo pruebas de sonido. Basta con revisar la portada del día siguiente en el periódico La Opinión para ver las contradicciones en su discurso. En la nota central de la portada aparecía “La frontera no se debe abrir: Duque”, Y, junto a ésta, otra nota más pequeña: “nuestra política migratoria es de fraternidad”.
Ha pasado una semana desde la visita presidencial y desde entonces los consumidores de droga encontraron otro refugio, el Hospital espera la llegada de pacientes en un pueblo sin habitantes, el Centro de atención sigue sin atender al primer caminante y tres personas más se ahogaron intentando cruzar el río que separa los dos países.
Ese será el legado de Duque en el departamento: la profundización de la pobreza. No entiende el presidente que en estos territorios el paso de personas y mercancías es una necesidad social, cultural, comercial y humanitaria. No se trata de una elección, pues Cúcuta existe porque existe la frontera y cerrarla es tan absurdo como prohibir la llegada de barcos al puerto de Buenaventura.
Es probable que el presidente vuelva en tres semanas, cuando se cumplan las primeras 20.000, de las “pocas horas” que anunció le quedaban al régimen bolivariano. Quizá en esta nueva visita organice un concierto, ponga otra piedra en el puente y le entregue un par de zapatos al primer migrante que pase por las trochas para iniciar su travesía latinoamericana. Hará un montón de cosas y hará nada, porque al día siguiente, cuando Duque despierte, Maduro todavía estará allí.
