En abril de 2003 desaparecieron a Edwin López. Se lo llevaron un domingo de ramos de la casa de una tía que vivía en un barrio popular de Cúcuta. Era líder estudiantil de la Universidad de Pamplona, profesor de danzas y estudiante de Filosofía. Pasaron varios meses hasta que su cuerpo fue encontrado en un camino veredal entre Tibú y la Gabarra: “De Edwin López queda su cuerpo / tendido al sol / como en un sueño”, escribió el poeta Saúl Gómez. Edwin no estaba solo. Junto a él estaba el cadáver de Gerson Gallardo, otro líder estudiantil de la Universidad Francisco de Paula Santander.
Aunque los cuerpos de Edwin y Gerson fueron hallados en junio de 2003, muchos siguieron buscando. Algunos intentaron desenterrar la trama del crimen y otros lo hicieron a través de las palabras, como si ellas pudieran llenar la ausencia. Esa búsqueda ha sido una constante entre quienes han intentado narrar la desaparición forzada. En 1994, Miguel Torres escribió La siempreviva, una obra de teatro que narra la historia de un grupo de personas que vivía en una pensión ubicada a pocas calles del Palacio de Justicia. Una de esas personas era Julieta, una abogada que hacía un reemplazo en la cafetería del Palacio. El 6 de noviembre de 1985, Julieta salió de su casa por última vez, iba a entregar el puesto en la cafetería y jamás regresó. En la obra, el drama se centra en la madre que jamás deja de buscar a su hija y repetir (para ella y para el mundo) que “¡Julieta no está muerta!”.
Ese mismo intento por rescatar las voces de los y las desaparecidas está en La sombra de Orión, el reciente libro de Pablo Montoya. La novela narra la historia de un escritor que regresa a Medellín en 2002, durante los primeros meses de la Seguridad Democrática. Su nueva vida lo lleva a las entrañas de la Comuna 13 y las marcas de La Operación Orión. Su recorrido es un viaje a través de las voces de cientos de desaparecidos de La Escombrera. Allí, entre toneladas de escombros desaparecieron a hijos, hermanas, esposos, madres y amigos. Las voces se superponen intentando escalar los edificios de basura con que fueron sepultados. Los habitantes de la comuna saben que ese lugar es un cementerio, por eso una madre arrienda una pequeña habitación lo más cerca posible de la montaña formada por residuos de construcción: “Desde su única ventana divisaba La Escombrera, donde sabía que estaba su hija”.
En un país como Colombia, con más de 80.000 personas desaparecidas forzadamente, cada vez son más frecuentes los esfuerzos por narrar la ausencia y el crimen. Son palabras que intentan acercarse al dolor de la búsqueda y del tiempo detenido. Tal como lo escribió el poeta Saúl Gómez ante la desaparición de Edwin López: Que cada noche sea arrojarme café en la cara, para que el sueño no llegue mientras esperan noticias. Por eso, decir el nombre de los desaparecidos: escribirlo sobre papel o paredes, sembrarlos para que florezcan o estampar su rostro en carteles es un acto de resistencia y también una denuncia pública contra aquellos que intentaron borrar su memoria.
Suspiro. Otra bomba estalló en Cúcuta, los hechos ocurrieron en la Estación de Policía Juan Atalaya, sobre una vía que comunica el centro de Cúcuta con su zona rural y el Catatumbo. La explosión se suma a las masacres, asesinatos y atentados que desde hace meses ocurren en el municipio. Nadie responde, nadie hace nada.