Hay libros que pasan años relegados en los estantes de las librerías sin que nadie repare en ellos. Unos tienen suerte, pues hay personas que recorren media ciudad buscándolos y, cuando los encuentran, ocurre una de esas felicidades que solo entienden los lectores.
Sin embargo, no todos los libros consiguen un hogar. Algunos, tras quedarse mucho tiempo detenidos en un mismo rincón, comienzan un peregrinaje entre cajas, saldos y bodegas. Otros terminan bajo filosas cuchillas que les desgarran las hojas hasta volverlas minúsculos trozos de papel picado.
Ese destino lo aprendimos de la mano de Hanta, el protagonista de Una soledad demasiado ruidosa. En la novela, escrita por Bohumil Hrabal, Hanta destruye cientos de libros y reproducciones de cuadros todos los días. La ejecución ocurre en un sótano de Praga. Gracias a la intervención del protagonista, unos pocos se salvan y de paso se salva asímismo de la culpa que siente ante su oficio: “Vi un libro al que la horca iba a echar al vientre de la máquina, lo limpié con la bata y me lo apreté contra el pecho, aunque estuviese frío; lo abrazaba como la madre al hijo”, dice Hanta.
Esta práctica, que para algunos tiene un sentido ecológico y económico, siempre será dolorosa, porque ese libro, aunque luego sea reimpreso, desaparecerá para siempre.
Por eso son importantes las librerías que rescatan esos libros. Los compran en grandes cantidades y les vuelven a dar una oportunidad, a ellos y a los lectores. Una de estas librerías queda en Bogotá, en una calle estrecha del centro de la ciudad dedicada a la venta de luminarias y artefactos eléctricos. Allí, por ejemplo, estuvieron detenidos 50 ejemplares de En la orilla, de Abdulrazak Gurnah, premio Nobel de Literatura de 2021. Eran los únicos ejemplares en el país y, durante años, habían pasado inadvertidos frente a los ojos de lectores expertos y desprevenidos. Cuando se supo que el Nobel había sido otorgado al escritor africano, un cliente asiduo los adquirió y los distribuyó en cinco librerías más concurridas de Bogotá.
En esa librería se amontonan cientos de libros recostados sobre mesas de madera. Algunos brillan y son fáciles de identifcar: Tinieblas para mirar, antología póstuma de Tomás Eloy Martínez; Noviembre de Jorge Galán; y Todos se van de Wendy Guerra. Otros son curiosidades editoriales: autores y títulos vistos por primera vez, y que para conocerlos resulta necesario leer las primeras páginas. Tantos volúmenes que esperan como en un purgatorio a ser rescatados de la guillotina.
Pienso en los lectores anónimos que como Hanta están salvando esos libros y dándoles un lugar en el mundo. Aunque, al igual que ocurre con el protagonista de la novela de Hrabal, hay libros que llevan esperando para salvarnos a nosotros.
Puntilla. Hay municipios del país en donde la votación para los Consejos Municipales de Juventud fue inferior al resultado de las elecciones de los Personeros Estudiantiles.