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Ante la incertidumbre que producen las próximas elecciones, propongo pensar alternativas patafísicas que nos permitan construir nuevos sentidos para recomponer al país.
Todo comenzó en 1898, cuando el excéntrico escritor francés Alfred Jarry escribió los primeros borradores de Gestas y opiniones del doctor Faustroll, patafísico. Este libro contiene los elementos centrales de la “ciencia de lo inútil o de las soluciones imaginarias”. Jarry era un provocador que andaba por las calles y los cafés de París con la cara llena de harina, no creía en ningún dogma estético o político, y hacía de la destrucción-creadora una metáfora y un fin en sí mismo. Antecedió a todas las vanguardias e inspiró a los dadaístas, a los surrealistas y al teatro del absurdo.
Hace 70 años, en París, se fundó el primer Colegio de Estudios Patafísicos; eran artistas, músicos de jazz, contrabandistas y, especialmente, inventores. La invención es quizá lo más significativo en la patafísica: el diseño y la construcción de máquinas que buscan desafiar la razón; aparatos que permiten llegar, por caminos inexistentes y excepcionales, a soluciones de problemas inútiles. Por eso Jarry la definió como “la ciencia de lo particular; que estudia las leyes que rigen las excepciones”.
Julio Cortázar hizo parte del Instituto de Altos Estudios Patafísicos de Buenos Aires y diseñó el RAYUEL-O-MATIC: un mueble que contiene una máquina con gavetas, cada una corresponde a un capítulo de Rayuela. Al terminar el capítulo, la máquina arroja uno nuevo, en un orden aleatorio, haciendo casi infinita la lectura y los sentidos de la novela.
Otro invento patafísico es “el pianoctel”, que se encuentra en la novela La espuma de los días del escritor y jazzista francés Boris Vian. Se trata de un piano que hace cocteles según lo que se toca: “A cada nota –dijo Colin– hago corresponder un alcohol, un licor o bien un aroma. El pedal corresponde al huevo batido y la sordina al hielo. Para el agua de Seltz hace falta un trino en el registro agudo”.
La patafísica debe ponerse al servicio de la particular situación nacional, que por causa de las elecciones va a dejar un país dividido y fracturado en su tejido social. Me imagino, por ejemplo, una máquina patafísica que promueva y haga posible el “Diálogo entre opuestos” planteado por el filósofo estadounidense Jean Paul Lederach. En esto hemos avanzado con unos colegas del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación: consistiría en una mesa en la que estos encuentros entre improbables deriven en acuerdos a través de un recorrido por el Centro de Memoria. Durante el recorrido los visitantes recogen preguntas y datos sobre el conflicto armado que serán el insumo para la construcción de los acuerdos. Estos se concretarán a través de distintos materiales plásticos que estarán dispuestos sobre la mesa, de manera que los acuerdos no solo sean textuales, sino que también sean un reto y la posibilidad de crear algo colectivamente.
Uno de los instrumentos preferidos por los patafísicos es la bicicleta, quizá porque a través de ésta Jarry intentó fabricar una máquina para explorar el interior del tiempo. Podríamos diseñar un dispositivo que se active a través de la energía generada por el movimiento circular uniforme de una bicicleta. Esta energía proyectará distintas experiencias de memoria relacionadas con la guerra y la búsqueda de la paz. Cada individuo deberá hacer funcionar la máquina, demostrando que la memoria no existe en estado natural, sino que se manifiesta a través de la interacción. Este dispositivo patafísico del posconflicto tendrá un contador del número de kilómetros de memoria recorrido y su naturaleza será itinerante.
Por eso resulta importante la patafísica en estos tiempos, porque es una pulsión creadora que, desde la imaginación, nos permite pensar la política de manera diferente.
