Cada domingo el alcalde de Cúcuta se viste con ropa deportiva y sale a sembrar árboles. Es una acción que repite cada fin de semana junto a miembros de la defensa civil, la policía ambiental, funcionarios de su administración y representantes de los barrios escogidos para la intervención.
Más que una política de gobierno encaminada a la reforestación o sustitución por especies nativas, es una acción cívica liderada por el mandatario local. Este gesto es aprovechado por sus detractores para cuestionar su gestión y, aunque en campaña prometió “un voto un árbol” y está en su Plan de Desarrollo, le traería más réditos a su imagen quedarse en casa. La agresividad de las críticas con que cuestionan la siembra dominical del alcalde me llevó a preguntarme ¿Qué hace un político colombiano los domingos? Algunos descansan o están en familia, ven una película o leen un libro. Otros van a misa y cumplen así con la cuota semanal de reconciliación. Los hay quienes se dedican a la concertación de reuniones para construir la trama de poder con ellos como protagonistas. El alcalde de Cúcuta dedica los domingos a la siembra de árboles.
Sin embargo, el vértigo de las redes y una errada ética laboral suele ponderar como mejor trabajador a aquel que lo hace por más horas y, sobre todo, a quien está dispuesto a sacrificar su bienestar y el de su familia por el bien de la empresa. En los gobernantes esta combinación es peligrosa, pues son figuras públicas que siempre están “comunicando” lo que hacen y eso de descansar está mal visto. Ahí aparecen los asesores de comunicación que recomiendan cautela, prudencia y hasta silencio sobre sus actividades dominicales que no los muestren “trabajando”. A lo sumo poner alguna foto familiar, un comentario deportivo o un paseo con escenografía bucólica, imágenes que destaquen su humanidad pero que no resulten tan plácidas que puedan resultar ofensivas para su audiencia.
Esta situación ha establecido que un mandatario o funcionario de alto nivel no puede descansar y, si lo hace, debe hacerlo sin que muchos se enteren. Esta dinámica afecta el bienestar laboral al que tiene derecho cualquier trabajador sin importar su cargo y también involucra a las comunidades que un gobernante representa, pues hay decisiones que requieren sosiego.
El caso de Cúcuta puede ser particular, porque al alcalde le cobran con inquina lo que puede ser un gesto admirable en un funcionario público: dedicar todas las mañanas de domingo a sembrar árboles. Ahora bien, las críticas no son por sembrar, sino por las cifras de desempleo, informalidad y violencia, datos que permanecen inamovibles desde hace quince años, cuando la crisis en Venezuela comenzó a convertirse en certeza y las disputas en el Catatumbo arreciaron como el sol de la frontera al mediodía. A esto se suma la pandemia.
El alcalde seguirá sembrando árboles cada domingo, lo hará hasta el último día de su gobierno. Quizá deberíamos verlo como lo que es, una acción cívica de un mandatario que, como otros políticos y funcionarios de alto nivel, tiene sus rutinas dominicales. Dejemos que ellos hagan lo que mejor les parezca el domingo y descansemos también nosotros de ellos, al menos un día a la semana.