No es fácil ser profesor en Colombia. Los salarios, las jornadas, la cantidad de trabajo, la precariedad y la falta de incentivos hacen que poco a poco se caiga en una inercia en que los días y los años terminan por ser iguales.
Es difícil que un docente tenga menos de 35 estudiantes en aula y, si su asignatura es de baja intensidad, puede tener más de 12 cursos. Esto se traduce en un número inmanejable de estudiantes y planeaciones. Tal volumen de trabajo y la ausencia de bancos de libros es lo que ha hecho que, en gran parte de los colegios oficiales de Colombia, las guías orienten los procesos pedagógicos. Estas suelen ser fotocopias en letra pequeña y apretada: comienzan con una orientación general sobre el tema, luego viene una lectura y, por último, una serie de ejercicios.
Con esta carga, la jornada de un docente apenas alcanza para dictar sus horas de clase y calificar una parte de las guías y evaluaciones de cientos de estudiantes. Pero el tiempo no es suficiente y la mayoría debe llevar arrumes de trabajo extra a su casa. Esta dinámica deja muy poco espacio para que los docentes puedan investigar como parte de su jornada laboral.
Por supuesto, hay maestros que hacen de la innovación e indagación parte de su práctica pedagógica. Basta con asistir a un foro educativo local, municipal, departamental o nacional para ver lo que se puede lograr desde un aula de clase. Pero estos procesos son posibles porque los profesores dedican largas horas de su tiempo personal (no remunerado) para concretarlos.
El atiborrado horario de un profesor suele parecerse a las guías que entrega a sus alumnos, con pocos espacios en blanco. Entre las consecuencias de este modelo está que los profesores no solo carecen de tiempo para la planeación, sino que no tienen espacios institucionales para construir con otros colegas de su misma disciplina o de otras áreas de conocimiento. Esto tiene como resultado que en una clase se reproduzca año tras año la misma guía, pues las semanas destinadas para el desarrollo institucional generalmente se usan para reponer tiempo que se pierde por paros u otras contingencias.
A esta situación se suman las nuevas cátedras, contenidos, orientaciones y demás ocurrencias que suelen tener los políticos y que aterrizan sin mayor contexto en las salas de profesores. Como pasa con los temas importantes, todo el mundo opina de educación y cree que un problema de fondo se arregla con una nueva asignatura en el currículo escolar.
Sería bueno que en estos debates políticos se incluyera la discusión pedagógica, no solo la palabra educación como una llave mágica que parece resolver cualquier cosa, aunque no haya puerta.
Puntilla. No es lo mismo ganar las elecciones un domingo que gobernar cuatro años.