La reciente obra del Teatro Petra, Historia de una oveja, es un viaje a través del desplazamiento forzado. La idea de la obra surge de una de esas imágenes que, por la brutalidad de la guerra parecen absurdas. Un día Fabio Rubiano, director y actor del Teatro Petra, ve un video de una oveja en Transmilenio, lo que lo lleva a preguntarse ¿Cómo es posible que haya llegado allí? La respuesta es que esa oveja pertenece a “un señor o una señora que la tuvieron que subir, porque el fenómeno del desplazamiento no solo es mundial, sino que también es animal”, como cuenta en una entrevista con María Jimena Duzán.
Pues bien, la Historia de una oveja es la de más 8 millones de colombianos que han sido víctimas de desplazamiento forzado, pero también de las 4021 personas que hace 10 días tuvieron que dejar su tierra, su casa y sus animales en Ituango, Antioquia. Es, por tanto, una obra sobre el presente continuo en que transcurre nuestra historia, pues en este país la guerra, las desapariciones y los asesinatos están pasando y, mientras yo escribo y la obra sigue en cartelera, otros están siendo desplazados.
En la obra están la oveja Bereneé (Marcela Valencia), la niña Tránsito (Juanita Cetina) y el egipcio Alí (Julián Román). La Oveja ronca, como se define ella misma, es dulce y siempre quiere estar jugando: los cuerpos de hombres tirados en el suelo le parecen divertidos, al igual que las mujeres que “juegan” a colgarse de los árboles o que se “esconden” bajo tierra. La niña Tránsito, confronta a “los lobos”, es fuerte y directa en sus afirmaciones y, aunque le llamen “niña”, es una mujer que debe hacerse adulta por la necesidad de supervivencia. El egipcio Alí nos recuerda que el desplazamiento forzado es un fenómeno global. Una frase suya resume el drama de quienes deben dejar su territorio: “Allá también soy extranjero”, dice refiriéndose a la idea de regresar a su país.
A través de ellos, y otro repertorio de personajes interpretados por Fabio Rubiano, podemos comprender los momentos e impactos del desplazamiento forzado. La llegada de los actores armados, la complicidad de quienes señalan a sus vecinos y quienes se benefician del despojo. Luego viene la travesía, el peregrinaje, refugios de paso y la hostilidad de los lugares de acogida, que se manifiesta en el clima, en las dinámicas urbanas y en la mirada de los transeúntes. Por último, está el retorno: volver a un lugar que jamás será el mismo, pues la hierba que devora las casas, la iglesia y la escuela puede cortarse, ¿pero cómo se corta la presencia de la muerte que ahora habita esos espacios?
Al final de la obra se pone en cuestión el papel de la cooperación internacional y de la justicia transicional. Sus acciones no reparan el daño vivido y, por el contrario, pueden hacerlo más profundo, al reducir su intervención a un trámite sin conexión con las necesidades de las víctimas.
Para contar esta historia, las actrices y actores deben recurrir al humor, como una forma de hacerla digerible. Pero, no es una risa fácil, pues el espectador se siente incómodo de divertirse ante tanta barbarie. Quizá a eso se refiere Fabio Rubiano cuando dice que Colombia es un país en donde el absurdo nos lleva a los límites del humor, un país en donde alguien a quien le cortan una mano se pregunta: ¿Y ahora cómo aplaudo?