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Es difícil recordar un año naciente que despierte tantas incógnitas como este 2025. Es realmente un lapso hermético. Se instalaron o reinstalaron los mandatarios de Estados Unidos y Venezuela, que en este lado del mundo levantan inquietudes frente al tono de sus primeros pasos, por cierto, vislumbrados debido a sus respectivas trayectorias.
En Colombia todo está enredado, pues lo que antes era izquierda hoy es confusión de lenguas, y la antigua derecha es un sartal de pleitos llevados a la justicia. Un presidente que se aferra al lenguaje y signos de su antigua militancia guerrillera. Un expresidente que intenta defenderse a gritos en los estrados, de acusaciones que las gentes le increpan en coro por las calles.
Y en medio de todo, perturbada mirando a un lado y al otro, una población que ya no puede creer en nadie y que es desertora de antiguas banderías. Apenas hace meses la polarización se definía claramente entre dos bandos alrededor de los cuales se guarecían quienes defendían las empresas, las ganancias, y quienes marchaban con las consignas de los explotados por la oligarquía.
Hoy el presidente de la izquierda ha malbaratado las dos terceras partes de su período alzando la voz hacia las galaxias y peleando con su equipo de gobierno, a semejanza de como lo hizo hace diez años cuando fue alcalde. Su Paz Total, su vida sabrosa, su contribución inmediata contra el calentamiento global no han logrado pasar de la rimbombancia.
En el lado de la derecha política no hay figuras que entusiasmen ni siquiera a la misma derecha. Las más sonadas son las mujeres, que desperdician su verbo arremetiendo contra el primer mandatario diferente de los últimos dos siglos. Además, el último presidente de esa corriente resultó ser un subpresidente y su anciano candidato presidencial fue fácilmente vencido. Al poco tiempo falleció.
De modo que la orfandad política es general. Como siempre ocurre, persiste una franja de fanatismo, a uno y otro lado, que no hace sino evidenciar y profundizar la decadencia recíproca. Así las cosas, no es que la gente ya no se ilusione por uno u otro lado del espectro. Es este mismo espectro, encerrado en sus dos extremos, el que perdió vigencia y espantó el entusiasmo.
Si se mira para afuera del país, si se busca un faro para encausar hacia cierto optimismo el desencanto generalizado, la cosa se pone color de hormiga. Los binomios Trump-Musk en el país líder de occidente, y Maduro-Diosdado en nuestra frontera de 2.500 metros, espantan y dan náuseas.
Así, es comprensible que los jóvenes se entusiasmen por la música, el fútbol, la moda, los carros con turbo, y que se alejen de las preocupaciones de sus recientes antecesores: la desigualdad social, la injusticia, el modo incruento de enrutar al país y al mundo por sendas más dignas de esta especie que se creía la única inteligente.
El 2025 no es año electoral sino preelectoral entre nosotros. Es definitivamente un lapso hermético. No se sabe hacia dónde mirar, no hay referentes, los sabios de antes no son sabios de ahora.
