Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
En los años sesenta y setenta del siglo pasado era común atribuirles cobardía a los costeños. Se decía que cuando uno de ellos era retado en riña, replicaba: “cuando es a pelear, es a correr”. Y las risas explotaban.
Los caribeños no estaban hechos para las trompadas. Era idilio su cotidianeidad de hamaca, ron, mar, pescado, música, baile, juglería, cocos. Su vida sin prisa, en la que cada día era la creación de la nada.
García Márquez advirtió que esa alegría escondía una realidad de secreta tristeza. Así lo transpuso en sus libros. No obstante, siempre recordaba la fiesta del bar La Cueva donde sus pares compartían el fulgor del arte.
Cuando se recrudeció la insania de la reciente guerra mortecina, la costa aún era territorio de vacaciones y tranquilidad para el resto martirizado del país.
Entonces llegaron los ochenta, y bárbaros de otras regiones implantaron allí machetes y balas categóricos. Uniformaron a jóvenes y niños, desplazaron montes y sabanas enteras, sembraron monocultivos anchos y ajenos.
Comandantes de habla insolente enseñaron despotismo a lugareños, masacraron y decapitaron bajo el sol que antes daba todo. Los nombres de muchos pueblos se dieron a conocer como calvario de veinte, treinta, cuarenta descuartizados.
Cualquiera imaginaría que la violencia importada cambió para siempre el modo moderado de los habitantes del litoral. Que los costeños se volvieron lobos para el hombre.
Pues bien, una reciente investigación académica revela que no, que el sustrato apacible caribeño es terco, que los siglos zenúes, koguis, wayúu, africanos, siriolibaneses dejaron una impronta bienaventurada.
En efecto, la más reciente Encuesta Nacional de Salud Mental concluyó que, entre todos los colombianos, los caribeños sufren menos trastornos siquiátricos. Hay allí menos casos de depresión, bipolaridad, demencia, esquizofrenia, sicosis y suicidio.
Tatiana Acevedo publicó hace diez días en El Espectador un contrastado informe que aproxima explicación al fenómeno, agregando resultados de una investigación personal en barrios populares.
Mientras en el país la encuesta halla que los habitantes tienen “poca satisfacción en el trato con los vecinos”, la costa norte es excepción.
Existen aquí los hogares más extensos del país, las gentes entretejen ayudas entre conocidos, parientes y vecinos para hacer la vida vivible, reina “una actitud de apertura ante lo que traiga la jornada… estallan en creatividad y recursividad”.
Conclusión: ni la motosierra ni los cilindros bombas ni la bota militar que ejecuta sin juicio ni los terratenientes que amplían territorios y desigualdad, lograron desarticular la llave maestra de familia-vecindario-solidaridad-confianza-tertulia-risa-baile.
Este conjunto de abrazos es lo que se llama cultura. Pertenece al sustrato más profundo de la personalidad y de la sociedad. Es la genuina base de la paz. Es el gesto que salva a un pueblo de la desaparición, pues explica su identidad edificada a lo largo de estirpes por fin libres de condenas.
arturoguerreror@gmail.com
