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Caudillos del mundo, ¡hundíos!

Arturo Guerrero

05 de noviembre de 2021 - 12:00 a. m.

A Colombia la tiene abatida la primacía de los caudillos. Desde los pañales de la república, este país fue aupado por hombres trepados a un caballo y a un ego gigantesco, con pretensión de superioridad sobre el género humano. Se les proclamó como héroes, libertadores, padres de la patria. Aún así, al morir, se quejaron de la ingratitud de sus vasallos.

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Desde la opacidad de su incógnito estado actual, tal vez lamenten no haber bajado de sus pedestales a confundirse entre abrazos desinteresados con sus compatriotas. Fueron jefes con látigo, legaron al presente un modelo lastimero de liderazgo.

Hay profunda diferencia entre un caudillo y un líder. El líder es primero entre pares. El caudillo es único entre sumisos. Un líder hace surgir a la cubierta del barco lo mejor de cada uno de sus seguidores, no los humilla ni ningunea. Un caudillo trabaja para sí mismo, simula que su pasión es una causa, una patria.

Los caudillos han regado de sangre los siglos. El XX, matadero universal, dio ejemplos incomparables: Hitler, Stalin, Mussolini, Mao, Franco. Muchedumbres cremadas, tierra arrasada, juventudes ejecutadas, campos de trabajo extenuado. La breve agitación del índice o el pulgar bastaba para liquidar masas, como lo hacían los emperadores romanos en su delirio de dioses.

Los caudillos criollos, en charreteras y casacas napoleónicas, cundieron el XIX de guerras y guerritas civiles. Comandaron tropas de campesinos en alpargatas e hicieron creer que eso era la política. Se repartieron entre ellos tierras y prebendas, “por amor a la patria”. Desde esos tiempos los apellidos de hoy se apoltronaron en escrituras y notarías. Así nació el derecho, así se multiplicaron los abogados.

Pulularon chusmas, chulavitas, bandoleros, guerrillas, paramilitares, violencias unas tras otras. Ahora, cada cuatro años, se turnan los caudillos. Separan al pueblo en azules y rojos, en seguidores de un trapo o de un fanatismo. Dividen y reinan. Cada cual genera una cauda de energúmenos. Al final se hace lo que diga uno o lo que proteste el otro.

Los caudillos enemistan a los ciudadanos, en vez de amalgamarlos en torno del bienestar repartido entre todos. Saben que azuzando la candela se propaga el miedo, y que la adrenalina del terror es el ambiente para agrandar y esconder sus ganancias. En el fondo de los fondos son ellos los espantados, duermen con la pistola cargada, hacen invivible la república.

En contraste, no aparecen los líderes, aquellos que no buscan el poder porque por sí mismos pueden. Los seres bien lamidos desde niños, y en consecuencia no urgidos de veneración. Estos líderes no ansiarían ser elegidos para los cargos altos, pues ni la figuración ni la lambonería de la historia los trasnochan.

Serían más bien los señalados, los que descuellan en generosidad, sencillez y ganas de que el país sea un mejor vividero. Los que aprecian de verdad la inteligencia y apasionamiento de los colombianos.

arturoguerreror@gmail.com

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