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Pasan a mil por hora las ambulancias derramando dolor en las avenidas. Sus sirenas ululantes tienen más decibeles que los de los carros sumados. En sus entrañas llevan un misterio, una probabilidad de algo o de alguien que cada caminante intenta adivinar. ¿Acaso un accidente casi fatal? ¿Acaso un anciano que se agravó? En todo caso, es una vida pendiente de un hilo.
También puede ser una carrera ¡mar! con otras ambulancias para recoger un herido y llegar primero que otras al hospital donde aguarda una recompensa. Adentro, sobre la camilla, viaja también la imaginación y la malicia de los transeúntes que tratan de sacar sus conclusiones.
Lo cierto es que la cantidad de estos vehículos sanitarios se ha elevado hasta el punto de que su aparición, anunciada desde lejos, ya no sorprende a muchos; más bien estorba. Los choferes buscan alguna elevación moderada donde puedan trepar su afán para darles paso. Los peatones miran el reloj y apresuran el paso para no contaminar los oídos.
En todo caso, estas alarmas blancas han perdido su solemnidad antigua. Hoy lo importante es deshacerse de ellas lo más pronto. La compasión de otros tiempos se ha transformado en apuro. Las camionetas hospitalarias han mantenido su blancura, pero han perdido respetabilidad. Han agregado su volumen al resto de obstáculos que congestionan el tráfico.
A esta nueva congestión urbana se suma más recientemente la proliferación de furgones, tipo transporte de alimentos. No son tan voluminosos como los camiones de carpa de otros tiempos. Pero están en todas partes, acosan con sus bocinas a quienes van en carro o a pie, a veces forman un infarto de tráfico porque se encuentran con sus similares y taponan las calles menores y las esquinas.
Nadie logra mirar qué mercancía mueven, pues no tienen ventanas. Algunos llevan perros a sitios donde sus dueños pagan para que los entretengan. En este caso circula por la urbe un sonido lastimero de ladridos, y es de adivinos saber cómo se acomodan en semejantes negruras distintas clases de tamaños, ferocidades y colmillos.
Se supone que aquellos que distribuyen carnes y alimentos cuentan con autorización y vigilancia de alguna autoridad sanitaria, y más vale que así sea pues de lo contrario una anarquía podría generar epidemias como las que se originan en el campo. O peores, pues los virus serían felices de transportarse en estos vehículos herméticos que ruedan por toda la ciudad.
Ambulancias y camiones de alimentos han contribuido a atiborrar el tráfico, que ya no da más con los carros y más recientemente con las nubes de motocicletas. En poco tiempo la urbe incrementó sus ruidos, sus vehículos, su polución del aire, el desespero de su población.
Seguramente este atolladero, que se supone ayudaría a transportar más eficientemente a la población, hoy constituye un obstáculo para que la gente llegue pronto a sus trabajos y hogares. He aquí la civilización y el progreso: una vía hacia la vida atollada.
