Ni una ideología ni una religión, en sus prácticas, están por encima de la vida. Los sistemas y las creencias se hicieron para proteger y facilitar el bienestar corpóreo o síquico de las personas. Las personas son seres humanos siempre y cuando estén vivas y no vean convertida su existencia en una tortura.
Nunca será ocioso machacar sobre la majestuosa entrada del relato “El atroz redentor Lazarus Morell”, contenido en la Historia universal de la infamia. Allí Borges señaló la causa remota de los hechos que va a desmenuzar:
“En 1517 el P. Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros, que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas”.
Morell, blanco esclavista, dueño de haciendas y seguidor de la fe de Cristo, comandó en 1834 un grupo de mil hombres que desarrollaban un método gradual de liberación de esclavos. Los animaban a huir de sus patronos. Al ser capturados los ayudaban de nuevo a escapar para volverlos a vender. Tanto en las libertades como en las nuevas ventas los crueles redentores obtenían ganancias.
El final de cada prófugo era ejemplarizante: “lo libraban de la vista, del oído, del tacto, del día, de la infamia, del tiempo, de los bienhechores, de la misericordia, del aire, de los perros, del universo, de la esperanza, del sudor y de él mismo. Un balazo, una puñalada baja o un golpe, y las tortugas y los barbos del Mississippi recibían la última información”.
La letanía de Borges, cundida de ironía, es oportuna para configurar la atrocidad de la ideología esclavista y del credo que movía a estos liberadores de hombres. A nombre de la patria, de un dios, de la democracia, de un cielo, de la paz o de cualquier entelequia benefactora, se han perpetrado tremendos crímenes. Y todo en medio de aplausos, bendiciones y condecoraciones.
El desenmascaramiento que hace Borges, con su literatura, lo hizo con lágrimas Ingrid Betancourt la semana pasada en la Comisión de la Verdad. Aquel muchacho guerrillero que, tras intento de fuga de ella y “robo” de un machete, le reclamó por haber violado la confianza, recibió una pregunta demoledora: ¿qué habría hecho usted si le hubieran ordenado matarme? ¿Cómo entonces puedo confiar en usted?
Un redentor atroz es un oxímoron. Ningún redentor puede ser atroz. Las tendencias políticas y los cultos espirituales, cuyos líderes perpetren crímenes contra seres humanos, revelan la verdadera catadura de tamaños bienhechores. Estos no son capaces de sentir que una misma sangre bulle en sus venas y en las arterias de sus víctimas.
Carecen de empatía, de humanidad, de llanto. ¿Cómo se arrogan el privilegio de conducir hombres? ¿Hacia qué tipo de sociedad empujan a las multitudes orientadas o amenazadas por sus piadosas disposiciones? Lo cierto es que, entre un partido político de semejante talante y un predicador de tales habladurías, que entre el diablo y escoja.