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Cormac McCarthy: cuando el inconsciente narra

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Arturo Guerrero
17 de febrero de 2023 - 02:00 a. m.
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Esta es una novela que son dos o tres o tantas cuantos lectores tenga. La editorial Random House la presentó en noviembre de 2022 como “Una obra maestra. Dos novelas extraordinarias”. La carátula azulada muestra la cara enceguecida de una joven mujer bella que flota en el agua. La imagen está invertida.

El norteamericano Cormac McCarthy, su autor, es un viejo escritor sureño de rostro interminable y mirada taciturna. Ha visto mucho, es autodidacta en ciencias de punta como mecánica cuántica, matemáticas, física teórica y sicoanálisis. “El pasajero” y “Stella Maris”, con sus 620 páginas, llegan empujadas por el éxito impetuoso de “La carretera” (2006), el viaje a pie de un padre y su hijo de ocho años a través de parajes del apocalipsis.

El texto arranca con la escena de rescate submarino de un avión cuyos ocupantes murieron, excepto uno que se esfumó sin dejar rastro. Este inicio de novela policiaca coge al lector de las solapas y no lo suelta incluso más allá del final del grueso tomo. En letra cursiva se intercalan capítulos con presencia de seres estrambóticos, cuyo jefe no tiene manos sino aletas.

Son las alucinaciones de la verdadera protagonista, una muchacha de veintiún años superdotada y entregada del todo a dos pasiones: las matemáticas y la música. Bueno, sueña además con otra pasión innombrable que desarma las argucias de los siquiatras con uno de los cuales sostiene una reyerta teórica en el centro de terapia Stella Maris.

Entre esta atmósfera onírica y las andanzas detectivescas y alcohólicas del hermano de la chica, corre una narración salpicada de geografías, bares del bajo mundo, testimonios sobre la bomba de Hiroshima y otros misterios históricos. A pesar de que varias intrigas no se resuelven, hay un no sé qué alentando al lector a recorrer con avidez todas las páginas.

McCarthy es un maestro del diálogo. Es capaz de descubrir largas tramas con base en la conversación de dos personajes. Cuenta como cuentan los contertulios. Es minucioso en la descripción de asuntos de la vida cotidiana, herramientas, autos, menús, licores, hoteles, lanchas rápidas, armas, entornos femeninos.

Es exigente con el lector, no le da todo mascado. Tiene en su cabeza íntegra la historia, pero la va desgranando en ráfagas que responden no a la razón lógica sino al torrente sanguíneo de su acto creativo. Al cabo de centenares de páginas, uno agradece esa corriente del inconsciente que le ha proporcionado un placer recóndito.

Lástima, eso sí, la traducción que nos llega, plagada de hispanismos intrincados que es menester saltar como quien presume entender sin estar tan seguro. Con todo, el secreto puede esconderse en el siguiente fragmento de la conversación entre la precoz matemática y su siquiatra:

" –No buscas la belleza, lo que buscas es simplicidad. La belleza viene más tarde. Cuando ya estás absolutamente hecho polvo.

–¿Merece la pena?

–Como nada en el mundo”.

arturoguerreror@gmail.com

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