Terminaron el mundial de fútbol, los desfiles del 20 de julio y los infinitos puentes festivos de mitad de año. Las multitudes están en modo guayabo. ¿Quién programaría esta pequeña navidad que parte en dos el largo año? Con toda seguridad fue un ingenioso equilibrista, experto en los ritmos de la sicología.
Porque el organismo humano necesita trabajar y descansar, ponerse serio y relajarse. Antiguamente la gente salía a vacaciones una vez al año -dos, en el caso de los estudiantes- y carecía de las distracciones que hoy le brindan el deporte de competencia, los multitudinarios conciertos en vivo e incluso las manifestaciones de los políticos.
Los nuevos medios de comunicación permiten enterarse de los detalles de estos eventos. Pero no es lo mismo recrearse en piyama y con una cerveza en la mano, que vibrar piel a piel con un gentío que aúlla y participa de las apuestas por los ganadores. Los eventos públicos orgiásticos son la continuación del circo romano, solo que más concurridos y menos cruentos.
Las competencias actuales han eliminado la crueldad programada como diversión pública. Esta se trasladó durante mucho tiempo a los animales. Gallos, toros y otros seres irracionales pero sintientes, padecieron por siglos la manía de verlos sufrir hasta la muerte en un cuadrilátero o en un redondel.
Poco a poco esta satisfacción frente al derramamiento de sangre convertido en espectáculo público fue prohibiéndose, a pesar de la protesta de los aficionados. Muchos de estos se quejaron y reclamaron un derecho a la diversión cruenta. Hoy todavía quedan rezagos de esas ferias, pero muchos escenarios dedicados a ellas hoy albergan otros actos, sin crueldad y con estética elevada.
Los gobernantes podrían tener la inteligencia y sensibilidad de sustituir las exhibiciones cruentas, por el teatro, los títeres, las performancias y los circos modernos, cuyos gestores muchas veces agonizan ante la indiferencia corriente y sencillamente se retiran de la creación a causa del desgano del público.
Estos ejercicios siguen teniendo artistas que se sienten llamados a propagar la diversión colectiva e incluso multitudinaria. Pero poco a poco se han visto arrinconados por la televisión y las redes sociales, que son omnipresentes y prácticamente gratuitos. Se está perdiendo la adrenalina de la función cuando es pública y azarosa, sorpresiva y siempre nueva.
Artistas con ingenio siempre habrá, porque la pasión actoral está sembrada en individuos que se saben capaces de conmover e inventan mil maneras de hipnotizar a los espectadores. Pero la vida del teatrero es incierta, pasa por épocas de sequía, sin que nunca termine su obligación de levantar un hogar o de volver a criar a sus propios padres.
Estos creadores son los juglares de hoy, continuadores de aquellos que se jugaron la vida por sintetizar e interpretar esa misma vida, convertida en sustancia síquica de la atormentada y apasionante existencia de la humanidad.