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Cuando por fin haya metro

Arturo Guerrero

16 de enero de 2026 - 12:00 a. m.
“En dos años largos la capital gozará de este transporte y podrá atender a la población que ha soportado el subdesarrollo”: Arturo Guerrero.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada

Anuncian que la obra del metro de Bogotá va en un setenta por ciento. Los pilares hunden sus moles paquidérmicas luego de que un enjambre de obreros llena de aceros sus bases subterráneas. Es como si todos estuvieran estableciendo los fundamentos de una nueva ciudad aparecida desde el centro de la tierra.

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Los transeúntes curiosos logran atisbar la maquinaria amarilla traída de algún país de leyenda y en vano procuran descubrir los ojos rasgados de los responsables físicos de la mega obra. A la distancia y con los cascos protectores infaltables, es utópico identificar a los héroes que laboran ochenta horas diarias, a veces en las fauces inundadas del terrero, a veces sobre estructuras elevadas desde las cuales no se ha oído que haya acontecido algún accidente. Dios los libre.

Existen ya tramos aéreos sobre los que se dejan ver rieles e incluso barandas en figuras como ve pequeñas carmelitas que coquetean con los habitantes, haciéndoles creer que muy pronto por allí pasará la solución definitiva al caos del transporte público. A lo alto se yerguen unas grúas amarillas, en cuya punta flotan banderas patrias para que los pájaros no se estrellen con las nubes.

Así crecen por parejo las bases del futuro sistema férreo aéreo y las esperanzas de una ciudadanía que sueña con aquella mañana de 2028 cuando todos a una se abalanzarán sobre la curiosidad de ser los primeros en estrenar la serpiente metálica que hará de la capital una urbe galáctica.

Es que una cosa es haber asistido a la inauguración de las antiguas avenidas que se apartaban del suelo únicamente en los pequeños tramos de los puentes curvos. Y otra bien distinta, navegar en el aire de un metro bien esquivo, pues por estos lares solo se conocían de oídas los que existen desde comienzos del siglo XX en casi todo el mundo.

Se dice fácil eso de “navegar en el aire”, pero hay que aclarar que un metro cumple con estas dos características. Navega, pues se desliza raudo y sin obstáculos encima de carriles que semejan agua. Y va en el aire, pues su elevación lo libra de huecos, baches y demás interrupciones que suelen atormentar a los carros y buses.

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Los bogotanos, por eso, están ansiosos de este gran salto adelante. Seguramente el primer día de este prodigio habrá reinas, alcaldes, cintas rojas, demagogos, presidentes, invitados de última hora, tal vez un delegado del mismísimo papa de Roma. Incluso, mandarines, en la representación china. Nadie se perderá de la corrida de este catre.

De sur a norte, de oriente a occidente, íntegra la ciudad será cruzada por el metro y los demás sistemas como Transmilenio. Por eso el norte actualmente puja para que se prolongue el tren maravilloso desde su anunciado límite en la Avenida de Chile, hasta la calle cien.

En dos años largos —ojalá este largor no se vuelva eternidad— la capital gozará de este transporte y podrá atender a los indigentes, los recogedores de basura, los barrios de montaña y barro, los desempleados, la inmensa población que desde siempre ha soportado el subdesarrollo.

arturoguerreror@gmail.com

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