Cumbia: una turbia y rugosa filosofía

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Arturo Guerrero
14 de junio de 2019 - 05:00 a. m.
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En 1965 el “rey de la cumbia” Andrés Landero (1932-2000) grabó Cuando lo negro sea bello, canción compuesta por Adolfo Pacheco (1940), su paisano de San Jacinto. Eransoncampesinos de los Montes de María, región entre Bolívar y Sucre donde desde la Colonia nunca ha parado la guerra.

La letra habla de María, muchacha negra, violada por un rico del pueblo; de José, su probable vengador armado de machete; del matrimonio como compensación si el victimario no quiere que se lo lleve el demonio; del destino que es la violencia y la raza; del sueño del negro quitándose la cadena; de Dios y la Virgen como consuelo.

Los versos de estos juglares cumbiamberos y vallenatos son escuetos. Nadie sabe quién fue la ofendida, cuándo le crecieron la cadera y el pecho, quién fue el señorito o “niño” aprovechado, si finalmente se consumó venganza, boda o resignación. Escriben y cantan con acordeón, tambor y guacharaca, caminan en tres puntas, no se quitan sus sombreros vueltiaos.

El pasado 3 de abril, en la sofisticada librería Lerner Norte de Bogotá, la joven crítica cultural Adelaida Barrera Daza lanzó ante auditorio abigarrado su tesis de grado en maestría de la U. de los Andes, convertida en libro. Se llama El sonido de la comunidad. A la escucha de “Cuando lo negro sea bello”, tomo de 120 páginas, publicado por Editorial U. del Rosario.

Una nota advierte que “el contenido de este libro fue sometido al proceso de evaluación de pares para garantizar los altos estándares académicos”. ¿Una tonada costeña, que dura poco más de tres minutos, da tema suficiente para tamaña investigación y exposición, más de medio siglo después de ser compuesta y casi olvidada entre las centenares que Pacheco y Landero enviaron al aire?

La respuesta es para admirarse. Adelaida Barrera, de ancestros maternos vallenatos, construyó un compacto edificio teórico y musical, filosófico y tímbrico, sicoanalítico, histórico y político, gracias al cual un lector atento logra transitar entre la yerta academia del primer mundo y el sofoco alebrestado de nuestro trópico atroz.

Su aliento caribeño y una lectura crítica de filósofos como Jacques Rancière, Jean-Luc Nancy y Giorgio Agamben la llevaron a poner en lugar relativo la significación de las palabras de la canción. Buscó entonces un entendimiento en la escucha, en el sonido mismo y se sumió en el pensamiento desde órganos inusuales: “Abrirse a otro modo de pensar el sentido… como la circulación de una resonancia y ya no como la exposición de una evidencia”.

Entre las cuatro dimensiones del sonido musical tono, intensidad, duración y timbre la autora destaca el timbre de Landero, “esa voz turbia y rugosa que se hace sentir en ese nivel en el que la voz ya no es mero sonido, pero aún no es lenguaje… una voz vieja pero no cansada, sino sentida, emitida con fuerza desde las entrañas”.

“El gesto mismo de atender al timbre concluye es también como atender a algo así como ‘lo negro del sonido’: lo no blanco, no académico, no teórico; que es también lo excluido, lo marginado y lo denigrado del estudio y la composición musical”.

arturoguerreror@gmail.com

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