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Currulao en la fábrica de muebles

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Arturo Guerrero
01 de marzo de 2024 - 02:05 a. m.
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Este es el ambiente conjetural de un emprendimiento, de entre tantos fundados por los rebuscadores de este país. Es una pequeña empresa que diseña y fabrica muebles caseros de madera, destinados a gente de medianos recursos. La constituyó Fabián, luego de un curso de economía en el SENA y dos o tres semestres de ingeniería en una universidad barata.

No terminó su carrera pues el afán de “producir” para sacar adelante a su familia se volvió apremiante. Luego de cuatro años de actividad, la factoría no solo se defiende sino da ganancias y paga sueldo a 10 operarios. Más aún, es ejemplo de cumplimiento, calidad y precios de venta accesibles. Lejos quedaron para Fabián los insoportables trámites exigidos inicialmente para funcionar.

Hace un año se le ocurrió una estrategia para estimular a sus trabajadores. Estos terminaban la jornada del día extenuados, salían caminando en silencio hacia el transporte público y llegaban al otro día en medio de bostezos. Una noche se despertó a las tres de la madrugada y no logró dormir más. Su cerebro marchaba a mil por hora. La duermevela le trajo una idea rutilante.

Resulta que entre sus trabajadores, gente casi toda de su mismo barrio, había costeños, llaneros, caleños. Él los oía tararear a ratos las canciones de sus lugares de origen. ¿Qué tal contratar buenos bailarines de estos aires colombianos, como profesores de danza en su empresa?

Como ocurre con estas iluminaciones nocturnas, Fabián siguió obsesionado con la idea, hasta el día en que también en su barrio conoció a dos apasionados del baile. Es decir, no coreógrafos acartonados sino personas en cuya sangre vibrara la serpiente del ritmo y la cadencia. Los contrató para la extraña tarea fabril.

Merengue, cumbia, vallenato, currulao, salsa, zapateo llanero tronaron a horas seleccionadas, mientras obreros y obreras comenzaron a despertar músculos, piernas y sabrosura. La pequeña empresa flotó en tumbaos deliciosos. Al poco tiempo el ambiente se llenó de armonías. Se acabó la extenuación de los músculos, cesaron los bostezos mañaneros.

Luego Fabián tuvo una idea adicional. En lugar de los corrientazos vecinos donde almorzaban a diario sus operarios, les ofreció un menú balanceado, rico en sabor y a precio similar. Lo preparan cocineros aficionados que no habían tenido antes la oportunidad de ingeniar y ofrecer platos sencillos con una sazón que agradecen las papilas. La fábrica les dio un contrato por días y les abrió también un futuro.

Gracias a estas dos innovaciones, el trabajo dejó de ser trabajoso. Elaborar un mueble dejó de ser un lastre para la vida de los trabajadores, que se vieron tratados casi como en sus familias o entre amigos. Sin grandes conocimientos sobre el papel del arte y la cultura en el bienestar diario de los hombres, este emprendedor abrió la puerta a la imaginación, a la belleza, a la armonía.

Ahora sueña con la pintura, la poesía, la ficción, en fin, los encantos del espíritu. Y planea formas de ligarlos a las rudezas de la vida.

arturoguerreror@gmail.com

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Hernando(58851)01 de marzo de 2024 - 11:51 p. m.
La iniciativa del microempresario. Fabián, parece extraña pero milagrosa, fue el hilo que unió el espíritu de sus trabajadores quienes supieron enhebrar lo que necesitaban para mejorar su ánimo; qué magnífico suceso.
Manuel(21794)01 de marzo de 2024 - 10:41 p. m.
Humanizar el trabajo remunerado lo hace menos gravoso.
Carlos(87476)01 de marzo de 2024 - 08:27 p. m.
👏👏👏👏
Nydia(33385)01 de marzo de 2024 - 04:38 p. m.
Excelente columna. Asi se hace Fabian: saber apreciar a los trabajadores, que no sólo son obreros sino personas humanas.
Hermann(62494)01 de marzo de 2024 - 01:26 p. m.
Cual es el nombre de la empresa? Historias como esa levantan la esperanza de un país mejor, con mejores gentes, mejores empresas !!! Felicitaciones a Fabian
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