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Despuntan las rosas de la tarde

Arturo Guerrero

28 de enero de 2021 - 10:00 p. m.

La esperanza se va filtrando entre las nieblas de este 2021. El desplome de Trump, desde su silueta obesa y forrada de sobretodos negros similares a alas de cuervo. La llegada ineludible de la vacuna, aun en medio de las trampas de los mercaderes y la prestidigitación del gobierno.

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La confusión de la inminente campaña electoral, no por la turbulencia en sí misma sino porque la cuarta reelección mesiánica está lejos de convencer a las encuestas y a las mayorías callejeras. De modo que esta maraña es un alivio frente a los antecedentes de victoria asegurada para “el que diga U”.

El cansancio superlativo de un año encerrados es otro punto de ilusión. Se dice que finalizadas anteriores pandemias la gente se botó al verde de los pájaros, al rojo de los bailes y al color piel de los abrazos. Hoy las ventanas atisban hacia las vías de la rumba y los corrillos, que vendrán como remedios del alma.

Los muertos sin entierro conseguirán por fin una visita de duelo para que los dolientes los despidan sobre cenizas. Unos y otros, idos y sobrevivientes, dirán “cómo te quisimos” y así se recuperará el equilibrio entre el incógnito paraje de allá y el contradictorio suelo sobre el que todavía habrá ´amor y deudas´, según cantan Puerto Candelaria y Madame Periné.

Nada cuesta echarles agüita desde ya a estas “flores del mal” de Baudelaire. O a estas “rosas de la tarde” de Vargas Vila o a su “flor de fango”. Brotes perfumados que surgen de la peste. Se riegan para que sean realidad, antes de que el descreimiento las sofoque.

El año que despunta será en buena medida lo que el atrevimiento de un pueblo haga de él. De ahí la importancia de enumerar las señas de una estación de desquite. Desocupar la inteligencia de borrascas y poblarla de probabilidades con fundamento. Porque el chapaleo en el pesimismo es un salivazo tirado arriba con la cabeza alzada.

En estos días se discute sobre coaliciones programáticas en busca de candidaturas presidenciales de las mil tendencias en que se despedaza la política nacional. Ni el mejor aspirante logrará desarmar la matazón y rapacidad corrientes, si poco a poco los corazones ciudadanos no se desmontan de la agriera ante el futuro.

El nombre de Colombia tiene origen de paloma, no de águila ni cóndor. No nos designaron como rapaces, sin embargo las guerras nos pintaron símbolos con garras. Por eso matamos, rematamos y comemos del muerto. Va siendo hora de pasar a otro menú preparado con guantes.

De entre las brumas inaugurales del 21 se vislumbran albricias locales y extranjeras. Los vientos variaron de tono. Conviene ponerle oreja al susurro de una primavera conjetural que está cerca. Y en lugar de sabotearla, hacerla propia, acunarla para que se amañe en esta tierra.

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Son escasas las experiencias históricas de bienestar general entre nosotros, pero alguna vez se tenía que fundar en los espíritus la temblorosa incursión de la buena vida.

arturoguerreror@gmail.com

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