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Dichas de un país tropical

Arturo Guerrero

10 de julio de 2026 - 12:00 a. m.

Gritos del fútbol, sol veranero, multiplicación de días festivos, trotadores de ciclovía. El espectáculo no da tregua, la adrenalina mantiene los ánimos a mil por hora. El país tropical ofrece ingentes motivos para el entusiasmo. Ruedan las botellas de licor de boca en boca, la gente necesita expansión y las oportunidades son innumerables.

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Así somos: gozadores, parranderos, gritones, abrazadores. Cada fin de semana se escuchan carcajadas, aplausos, ondas musicales bailables, en las ventanas que dan a las calles. Los transeúntes que no se han unido a alguna parranda caminan cabizbajos y veloces para que nadie los denuncie por el delito de aburrición.

Hay épocas del año en que se riega la bola de que la fiesta aguarda. Que no esperen esa noche a los bailadores porque nadie sabe a qué hora terminará la celebración. Los motivos de la alegría son múltiples y cuando escasean, los muchachos los crean, los alimentan, los agrandan.

A los turistas que cada vez más vienen de países adustos y trabajadores, les entra el regocijo y caen fulminados de la dicha a la que se entregan como viviendo una vida paralela y felizmente posible. Se prometen a ellos mismos volver en siguientes vacaciones, pero no siempre el peso de las responsabilidades se lo permite.

Este país es productor y exportador del regocijo. Como se sabe, esta cualidad es eminentemente colectiva. Nadie logra bailar solo frente a un espejo, y si lo hace es para prepararse para alguna faena de festejo. Por estas dos palabras, espejo y festejo, son primas hermanas. Suenan en la misma modulación del goce.

¿Subdesarrollados? Sí, precisamente porque el trabajo y la búsqueda desaforada de ganancia no han dejado que nos volvamos aburridos. Los ejercemos entre semana, pero nosotros nos encargamos de rodearlos de celebración, para no perecer en el intento. Y a fe que lo logramos, pues hemos fraguado palabras para que no se olvide lo esencial.

Por eso les cantamos a la fiesta y la risa “hasta la sepultura”. Por eso si se encuentran dos o más amigos de hace tiempos, lo seguro es que entran a la primera taberna y llenan de botellas vacías el gusto de refrescar esos lazos un poco debilitados por la lejanía.

Estos días de verano y fútbol son ocasión de volver colectivo el sedimento de fraternidad que nunca muere en estas latitudes. No hace falta irse a la tierra caliente o a la piscina para que emerja del pasado latente la alegría que nos hace verdaderos sabios. En cada colombiano hay sembrado desde siempre el gusto de las cosas elementales.

Por eso las matemáticas aquí no aplican. Un amigo más otro amigo no son dos amigos, sino un solo júbilo. El encuentro casual o planeado hace emerger de cada uno las dichas vividas, sin importar cuánto tiempo haya pasado desde la última vez que se abrazaron y se rieron de las mismas banalidades que hoy los vuelven a juntar.

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Por eso estos días de tantas reminiscencias y tanta complicidad de la naturaleza se convierten en ocasiones inefables de abrazos y complacencias.

arturoguerreror@gmail.com

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