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El ardor veintejuliero y la furia centenaria

Arturo Guerrero

19 de julio de 2024 - 12:05 a. m.
“El equipo es Colombia, cada partido equivale a la justificación del orgullo patrio”: Arturo Guerrero
Foto: AFP - CHANDAN KHANNA

Lo veintejuliero es lo arrebatado, lo inflado, lo grandilocuente, lo exagerado. Generalmente este epíteto se aplica a los discursos de los políticos. Tiene su origen en la fecha que nos constituyó como patria independiente. El veinte de julio nos separamos de España y nos anclamos en lo que hoy todavía somos.

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Más apegados a los símbolos que a las realidades. Y no a cualquier símbolo sino a aquellos que nos conectan con memorias de guerra y con heroísmos donde muchos mueren y muchísimos celebran. Por eso se declaran como bienes de memoria histórica el botón del atuendo de quien iría a morir en el acto o el pañuelo del último guerrero.

De ahí que el fútbol sea la gesta que irrita los gestos colectivos. Once muchachos que corren extenuados y que utilizan las piernas como argumento decisorio son elevados por las multitudes a la categoría de paladines de identidad nacional. El equipo es Colombia, cada partido equivale a la justificación del orgullo patrio.

De ahí que hoy el país siga amarrado a la victoria guerrera del veinte de julio y que esta se conmemore con discursos veintejulieros e histerias futbolísticas. Las celebraciones equivalen a inyecciones de una droga espiritual que mantiene casi intacta la creencia multitudinaria en el destino batallador y pendenciero de nuestra nacionalidad.

Los memes de las redes sociales, las camisetas con leyendas y dibujos que invitan a acabar con el bando contrario, los chistes que echan mano de tal cual victoria nacional antigua, son exaltación de la furia centenaria. Por eso los políticos recogen esta cosecha de siembras ancestrales y la vierten en sus proclamaciones veintejulieras.

Entre tanto, los científicos sociales y los contertulios de cafetería se lamentan de tanta muerte tonta, y en vano intentan buscarle una explicación al desangre cotidiano en campos y ciudades. Unos y otros procuran ponerle el cascabel al gato, ignorando que este animal tiene siete vidas.

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Y las tiene porque no ha sido posible comprender la razón histórica que nos hace a la vez el país más biodiverso y el más violento. Nuestra tierra produce todo el año todos los frutos, sus ríos son imparables flujos que bajan de las mil montañas, sus selvas son la mitad del territorio. Y con todo, no hemos parado de acuchillarnos y aplastarnos unos a otros.

Tal vez habría que desmitificar el procedimiento que nos hizo país. Tal vez habría que desentrañar el veneno histérico de la oratoria veintejuliera. Quizá también convendría exaltar deportes que premien a los atletas que se venzan a sí mismos y no tanto a los que humillen a sus contendores.

El arrebato celebratorio acompañado de la histeria colectiva encontraría motivos no anclados en las guerras. La glorificación del vencedor se cambiaría por el elogio del ardor con que un individuo o un equipo embellezca la múltiple manera como se puede engrandecer la marcha general hacia una vida más vivible.

arturoguerreror@gmail.com

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