Reina una gran confusión bajo los cielos nacionales. Una gente quiere ver cambios, pero no los ve; otra abomina de los cambios, pues siente que le ha ido bien con las cosas como han sido. Son dos bandos que no se reconcilian. El problema consiste en que por primera vez se alteró la balanza y la aguja se inclinó hacia el platillo de los relegados de siempre.
Estos conquistaron no el poder, sino el gobierno. Y desde el gobierno se expandió un discurso reformista. Al comienzo, hace un semestre, quienes lo eligieron se montaron en un entusiasmo. Se produjo una exaltación cocinada en el fuego de un orador entrenado en treinta años de escaramuzas parlamentarias.
Los ganadores de la historia, pero perdedores del momento, reaccionaron con las baterías acreditadas durante su larga dominación. Sus consultores nacionales e internacionales, expertos en sicología de campañas políticas, aguardaron con cierta paciencia hasta tener claros los instrumentos de su contraofensiva.
Ensayaron el pánico económico, la inminente fuga de capitales, la compra de finca raíz en Miami, la alta inflación, el alza del dólar. Tal vez no entrevieron la oportunidad que brindaría la inexperiencia de los mandatarios novatos. Hasta cuando se les apareció la Virgen. El presidente, varios de los ministros, los embajadores y funcionarios recién nombrados, la primera dama, dan ocasión para el desquite de los recientes derrotados.
Que si petróleo sí o no o hasta cierto punto, que si epeeses o mejor centralización estatal, que si liberación de presos de la primera línea, que si negociación con narcos para la paz total, que si el metro así o asá. Un día pontifica una ministra, al otro día la desmiente el presidente. Un día y otro y otro este mandatario incumple horarios de su agenda, deja plantados a los militares, gobierna por Twitter.
Cunde el regocijo entre los opositores que saben dosificar entrevistas envenenadas en los medios monopolizados por los grupos económicos. Además saben cómo clavar banderillas sobre la cerviz de la opinión pública. El pasado domingo en su columna de El Espectador, Tola y Maruja satirizaron que, de seguir así el país, “el uribismo recupera el mando otros 200 años y ahí sí ¡adiós, Elena, que en la estación te espero!”.
La suerte del actual gobierno se complica a causa de la actitud militante de sus adeptos. En redes sociales siguen los pasos de los opositores, enarbolando banderas sectarias. Endiosan a su presidente, lo revisten de infalibilidad, clasifican a sus contrarios según la regla del que no está conmigo está contra mí. De modo que se encierran en un círculo incondicional, pelean contra sus antiguos amigos, rompen con familiares.
Harían bien en atender el aforismo del filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein quien en 1929 entrevió así el porvenir: “cuando pensamos en el futuro del mundo, nos referimos siempre al lugar en que estará si sigue el camino que lo vemos seguir ahora, y no pensamos que no sigue un camino recto sino curvo y que cambia constantemente su dirección”.