Volvemos a las rígidas medidas contra el virus y medio país se rebela. En una esquina del ring se plantan los gobiernos nacional y locales, con sus frescos decretos de confinamiento y toques de queda. En la opuesta rugen los empresarios, sobre todo los comerciantes, que gruñen porque pierden sus surtidos perecederos y no consiguen cuadrar caja.
Los alcaldes argumentan con la defensa de la vida. Los patronos, con el resuello de la economía que es aquello en lo que se les va la vida. Unos y otros pujan en la prensa y las redes para convencer a las masas, ese peligro latente que cuando retumba en las calles manda más que todos.
El 2020 transcurrió en un tire y afloje. Tres meses de restricción espartana, dos de vacaciones para comprar lo no comprado y recomprar lo comprado, otro mes para lamentar los tumultos causantes de que cualquiera tenga una historia particular con algún muerto cercano.
Por ilusión sicológica, el brinco de san Silvestre completa por anticipado un año eterno en este titubeo. “¡Ya no aguantamos más!”, prorrumpen esas masas que no saben a quién creerle. Cada día aparece un gurú con la última proclama de los sabios de Menfis. Solo para que el siguiente desmienta la profecía del anterior y del anterior.
A todas estas, la gente nota embotada la cabeza, se levanta temblando mientras averigua quién se murió en la madrugada, escucha noticias para atiborrarse de anzuelos. Crece en secreto el run run del suicidio. Hay discusiones sobre el derecho de morirse por cuenta propia, como lo hizo tal celebridad, tal amigo cercano, tal absorto pasajero del cerebro que es uno mismo.
El mundo se salió de casillas y ninguna autoridad acertó con el remedio. Los protocolos y la vigilancia colapsaron, no tanto de puertas para afuera sino en el núcleo anímico de los habitantes de la casa. Ni los gobernantes ni los comerciantes consiguieron atraer hacia sus medidas a las mayorías sufrientes.
En uno de sus centelleantes escolios, el sabio Nicolás Gómez Dávila escudriñó la cara verdadera de las leyes mediante una dicotomía que penetra este drama de hoy: “Lo que crea una ley no es el acto de la voluntad que la decreta, sino el acto de la inteligencia que la descubre”.
Provocar el descubrimiento de una ley: este es el desafío. Lograr que la población rinda su inteligencia ante lo acertado de los decretos. Esta es la manera de que la voluntad general adhiera a unos comportamientos y cumpla con ellos sin rencor ni mal sabor en la boca.
Es obvio que el acto de voluntad del legislador no debe desconocer la realidad del momento ni el temperamento de los ciudadanos. No solo se ha de consultar, en nuestro caso, las estadísticas y los especialistas sanitarios. También es indispensable tener en cuenta el fino mecanismo de la sicología popular.
Otro sabio local ya le puso nombre a esta destreza y procedimiento de mandar. Antanas Mockus descubrió esta agua tibia cuando disfrazó las calles con su cultura ciudadana.