Lo decía el cantante tradicional irlandés Frank Harte: “Los que están en el poder escriben la historia, los que sufren escriben las canciones”. En 15 palabras marcó la tradición del divorcio histórico entre la política y el arte. Se dedicó a coleccionar las tonadas de su país, fecundo en creadores. Y a interpretarlas con una voz casi de jilguero.
Su tesis plantea la contradicción esencial existente entre estas dos actividades de los hombres. Por un lado va el poder que, contra lo que indica la palabra, no puede. Por el otro, las canciones que florecen en gargantas y labios de las multitudes a lo largo de las generaciones.
El poder no puede porque está asociado con la guerra. Su misión es acabar con los opositores para perpetuar una particular manera de ver la sociedad. En este oficio se le va la vida. Incansable, muere pronto, como sucedió con los grandes conquistadores Alejandro Magno o Napoleón Bonaparte, o se marchita ahíto, como el patriarca de García Márquez.
En su párrafo final, lo retrata el nobel como “ajeno a los clamores de las muchedumbres frenéticas que se echaban a las calles cantando los himnos de júbilo de la noticia jubilosa de su muerte y ajeno para siempre jamás a las músicas de liberación y los cohetes de gozo y las campanas de gloria que anunciaron al mundo la buena nueva de que el tiempo incontable de la eternidad había por fin terminado”.
Con acierto Gabo manifestó que este era su mejor libro. Suprimió la puntuación para que los clamores, himnos, músicas, cohetes, campanas fueran los sonidos que hilaran el relato de la victoria de las artes sobre la desolación del poder ilimitado.
Los que estuvieron en el poder y quienes medraron detrás de ellos escribieron los anales. Pero no tienen los cantos. De ahí que esos libros de historia duermen a los estudiantes abrumados por las calificaciones. En cambio los bailes y las melodías que los encienden son insustituibles en los momentos que hacen inolvidable la vida.
Los poetas y cantores se mueren y siguen viviendo. Incluso la gente que los tararea duda de si están vivos o cuánto hace que se fueron. Esto no importa, esos artistas gozan de una eternidad que ya quisieran mantener los patriarcas. Sucede que aquellos están conectados al sufrimiento de la mujer desdeñada, al amor desgonzado del muchacho que la adora. Y aunque estos sentimientos no aparecen en las memorias solemnes, configuran la pequeña pero confiable inmortalidad de los humildes.
Así que el poder es una lastimera opción. Quienes lo persiguen han de sacrificar juventud y libertad por las trapisondas requeridas para trepar. Suelen arrastrar una ambición que deforma su psiquis y los aparta de la amistad sincera. Carecen de afecto, coleccionan partidarios, suman votos.
¿Cómo lograr que la historia sea escrita por quienes componen las melodías? ¿Cuántos cantantes han sido presidentes o emperadores, sin dejar de ser cantantes? ¿Cuándo será que la humanidad se vuelva digna del arte y del amor, en el oficio de administrar la cosa pública?