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El encanto batió en retirada al virus

Arturo Guerrero

30 de septiembre de 2021 - 11:00 p. m.

¿Será cierto que ya superamos al coronavirus? Las cifras para Colombia parecen elocuentes. Los indicadores oficiales de morbilidad muestran un desplome sensacional. Nadie se atrevió a pronosticar tal éxito. La vacunación avanza a pasos poco creíbles en este país de promesas de cumbiambera.

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Sin embargo, las emisoras radiales siguen suministrando su aporte rutinario de alarma. Que hay que seguir lavando tapabocas hasta que se deshilachen. Que el jabón debe cuartear todavía más la piel de los dedos. Que “no hay que bajar la guardia”. Como si fuéramos centinelas de un cuartel.

Cuando por rareza algún alto funcionario se ve empujado a admitir la derrota de la pandemia, saca su carta maestra: el milagro se está logrando merced a la vacuna. Es decir, así como el contagio se abalanzó sin que la población moviera un dedo, su huida se explica por artilugio alejado de la gente. Las jeringuillas pinchan, el mundo regresa a lo que era hace dos años pero el individuo no tiene cartas en el asunto.

Por eso no hay una palabra para agradecer la participación ciudadana. ¿Cuál participación? Si lo real fue que los gobiernos gobernaron, los ministros peroraron, los científicos pontificaron, las inyecciones fueron regaladas, el público se dejó inmunizar como un rebaño.

La pandemia, así, se vivió a manera de una plaga bíblica, azotada por los dioses. Su terminación se está posicionando como una bienaventuranza regalada por exquisita gracia de las autoridades. Por eso se le desconoce al pueblo su contribución a la actual sanación generalizada.

La gente ignora en qué consiste su aporte. Para salir de esta ceguera, el ácido filósofo E. M. Cioran da la siguiente luz: “Si consiguiéramos ser conscientes de todos nuestros órganos, poseeríamos una experiencia y una visión absoluta del cuerpo, el cual estaría tan presente en nuestra consciencia que no podría realizar sus obligaciones: él mismo llegaría a ser consciente y dejaría de desempeñar su papel de cuerpo…”.

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No somos conscientes de las funciones corporales, pues el comando principal de estas no reside en la consciencia sino en el inconsciente. Vamos por el mundo en buena medida gracias a automatismos que obran a favor de nosotros sin que lo notemos. Cuando la población parcialmente vacunada se percató del debilitamiento del virus, ocurrió un salto y emergió el encanto.

En los órganos se instaló, poco a poco e independiente de la voluntad, la certeza del bienestar. De ahí que los jóvenes se lanzaran a las “fiestas clandestinas”, los no tan jóvenes retomaran la tertulia, el dulce intercambio de yoes entre amigos. Entonces los días amanecieron más tarde y la vida recobró el sentido de la ebriedad y el embeleso.

El coronavirus se batió en retirada, no solo gracias a las vacunas y al cumplimiento de las ovejas con el jabón y la máscara. La palanca secreta que ahuyentó su veneno está en el nervio tropical y festivo que nos entronca con la vida y la alegría. Y esto merece un reconocimiento.

arturoguerreror@gmail.com

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