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El juego sucio de los aspirantes políticos

Arturo Guerrero

10 de abril de 2026 - 12:04 a. m.

Perros y gatos, en eso se ha convertido la campaña electoral. Prevalece la garrotera sobre las propuestas serias de los aspirantes a los distintos cargos gubernamentales. Como si se tratara de una competencia sobre quién desacredita más a los contendientes de la democracia.

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A un lado los perros, al otro los gatos, eso se llama polarización. No hay matices ni alianzas posibles. Se vale todo. Insultos van, insultos vienen. Tal vez nuestra clase política se dio cuenta de que de la trifulca se obtiene más audiencia. Y de que azuzando al pueblo se exacerban las bajas pasiones y por lo tanto el alineamiento sectario.

Los perros aturden más con sus ladridos, mientras que los gatos afilan sus uñas para herir con más eficacia. De este modo se obtiene la efervescencia de los electores. Estos, así, entran en el juego sucio propuesto por los candidatos, e insensiblemente van tomando partido detrás del que más grite.

Una democracia zarandeada de esta manera es un remedo lejano de lo que propusieron los fundadores de este mecanismo de manejo colectivo. El original gobierno del pueblo pasa a ser un aprovecharse de ese pueblo, envilecido por sus líderes. Entonces, los resultados electorales derivan en conclusiones aritméticas con las que se irrespeta y se viola la soberanía del manipulado pueblo.

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Por supuesto que los gritos y los insultos llaman más la atención que los programas y proyectos para el porvenir. Es el mismo mecanismo detrás del dicho que invita a “pescar en río revuelto”. La conducta de los candidatos también puede asimilarse al griterío que se experimenta en una plaza de mercado, donde cada vendedor promueve sus productos a punta de alaridos.

¿Qué clase de ciudadanos se están formando en medio de la algarabía de quienes luchan por ser escogidos precisamente para orientar a la ciudadanía? Una de dos, o serán personas que aprenden a irrespetar a sus congéneres, o individuos que se alejan del elemental quehacer político normal entre miembros de un país pacífico.

El accionar virulento de los ansiosos buscadores de puestos está corrompiendo las bases de ese país añorado. Está sembrando la idea de que la política es una barra de premios, en la que ganan solamente aquellos que insultan a mayor volumen y con más aborrecibles lenguajes.

Por eso es imperioso corregir los modales y modular el lenguaje de los políticos. Estos tienen la responsabilidad de tratarse como competidores de un certamen en el que todos son dignos de consideración. Y deben dar ejemplo de convivencia frente a sus pueblos que son también sus electores.

Las posiciones de mando son sitiales de servicio y no butacas de matoneo. Son delegación temporal de parte de las mayorías, para que sirvan a los intereses colectivos y no a aspiraciones personales. Un país bien gobernado ha de alejarse de la pugna entre perros y gatos, para erigirse en comunidad de hombres y mujeres que respetan su dignidad y se esfuerzan por abrazarse en paz.

arturoguerreror@gmail.com

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