Cuenta Irene Vallejo que, de niña, su madre quiso enseñarle a leer y ella se negó. “Lo que de verdad quería -explica- era aprender a escribir. Ignoraba que ambas cosas van juntas y se necesitan”. Una mañana, cuando aprendió a juntar letras, “mamá —le grita— los palitos y los redondeles cantan en silencio”. Concluye: “he atrapado la realidad con una red de letras… Acabo de escribir y comprender mi primera palabra”.
Así, como agua clara, escribe la autora del best-seller El infinito en un junco. ¿Quién no regresa a la infancia frente a esta escritora de vuelo precoz, que revela que “los niños están más cerca de los mayores cuando son capaces de entender las letras”? Ya crecida, mira hacia atrás y recuerda que “de niña pensaba que todos los libros habían sido escritos para mí y que el único ejemplar del mundo estaba en mi casa”.
¿Quién no revive su propio padecimiento de matoneo en el colegio, al saber que ella sufrió el bullying entre los ocho y doce años? “Inventaban motes para mí, hacían imitaciones grotescas de mi aparato de dientes, me rompieron el dedo meñique en clase de gimnasia, disfrutaban con mi miedo”, recuerda. Por acuerdo implícito, no podía contar esas cosas. He aquí su desquite: “querer ser escritora ha sido una tardía rebelión contra esa ley”.
Uno de los secretos de la viralización de esta obra sobre la invención de los libros está en este tono de amiga del barrio que su creadora adopta frente a los lectores. Oriunda de Zaragoza, una de las ciudades más lectoras de España, doctora en filología, y sumergida en las bibliotecas eminentes de Florencia, Oxford, Cambridge, Bolonia, Irene Vallejo no escribe como académica.
Su bibliografía es copiosa, da cuenta de los clásicos griegos y romanos. Espiga en este caudal con ojo de periodista, de novelista, de “montañera de anaqueles, siempre respiro a pleno pulmón cuando me asomo a esas cordilleras de papel y polvo”. Ama sorprender.
Su prólogo y epílogo empiezan con misteriosos hombres a caballo que cruzan montañas griegas buscando libros en medio del miedo de los campesinos. Y con un pequeño ejército de caballos y mulas cuyos jinetes son mujeres que distribuyen libros, amazonas de las letras, e inspiran temor a los pobres de Kentucky en el siglo pasado.
Infinitas son las fuentes donde indagó lo sucedido durante tres milenios. Perpleja se pregunta “¿cómo mantener diferenciado el esqueleto de los datos bajo el músculo y la sangre de la imaginación?” En principio, no teme desviarse del dato exacto y comprobado. Utiliza expresiones subjetivas: “adivino que”, “quiero imaginar que”, “la suposición siempre me ha atraído”, “me pregunto si”, “me gusta pensar que”.
Es nítida en sus pasiones. Adora a los griegos antiguos, inventores del alma de la humanidad. Despacha rapidito a los romanos, que “se lanzaron a hablar la lengua de los griegos, a copiar sus estatuas, a reproducir la arquitectura de sus templos, a escribir poemas de tipo homérico y a imitar sus refinamientos con celo de advenedizos”.