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El muerto más vivo

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Arturo Guerrero
14 de agosto de 2015 - 03:40 a. m.
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El muerto más vivo, de los trágicos muertos de Colombia, es Jaime Garzón. Su mirada de dientes torcidos y gafas traviesas está intacta.

Sigue acusando con risas a los ogros de hace 16 años, idénticos a los ogros de hoy, que no se cansan de sus cinismos y caspas.

Hay una inmortalidad inexplicable en la estampa de este burlón cuya recordación pertenece a tres generaciones, como lo atribuyó Gabo a la de los Beatles. Tal vez hizo tanto en la última década de sus casi 40 años, que el alcance de sus picardías perdura como horas extras más adelante del tiempo de su muerte.

Garzón pinchó a los políticos del agonizante siglo XX y anticipó, con certeza quirúrgica, cómo esa calaña continuaría intacta en el XXI. Ejerció los poderes azufrados del humor y corroyó para siempre la etiqueta agria de la gloria inmarcesible.

Los videos que continúan girando en internet y las fotos generosas, con pato o sin pato, no pierden un gramo de vigor. No es posible que esta cara rotunda esté muerta. Si habla más que cuando el aura de la otra vida aún no la había solidificado en el espectro interior de sus compatriotas.

Los tiradores de aquella mañana aturdida, y sus jefes que habrán ido muriendo uno a uno entre estertores, no imaginaron la eternidad conferida por sus balas. Querían aniquilarlo y se hundieron ellos mismos. Le agregaron una existencia que quedó por fuera de sus atentados. Le dispararon con arma de un único cañón, inútil para acabar con esta vida y la otra.

Hoy Garzón es patrimonio incorruptible contra los corruptos. ¿Cómo consigue su risa taladrar nuestros circuitos cerebrales y los de nuestros padres e hijos? La respuesta estriba en que fue un hombre joven que vivió a velocidad, vio todo de todos, convirtió el discurso en látigo de carcajada y representó a millones de desdentados en un país de mamagallistas escrupulosos.

Eso es ser ícono. El humorista viene reemplazando a los oxidados héroes de caballo, espada y charreteras. Liberta al país, no de chapetones bicentenarios, sino de dirigentes crápulas que miran por encima del hombro al populacho. Y lo hace zahiriendo, dejándolos desnudos en sus carnes fofas y sus espíritus de alfeñique.

Por eso es presente, más vigente que en la época cuando la televisión le dio relieve de paladín vivaracho que no dejó títere con cabeza. Su cara es preferida por grafiteros que iluminan fachadas y calles con el escupitajo perpetuo.

Qué exótico destino el de este comediante emergido de la nada y ascendido por gracia de sarcasmo a delegado sin muerte de quienes lustran zapatos y cocinan “bedoyas” cabezonas en el palacio presidencial. Mueren los tinterillos, mueren los mandatarios, mueren los generales, el bufón sobrevive en los corazones estremecidos de los que habitan la risa como flecha certera contra la indiferencia.

Jaime Garzón se ríe en su nicho de persistencia, sin tomar en serio su ausencia de muerte. Y la muerte se aterra de tamaña vida.

 

arturoguerreror@gmail.com

 

 

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