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Los enormes y luminosos ataúdes de los 37 estudiantes quemados y acuchillados en el oeste de Uganda por el Estado Islámico hacen contraste con la desolación pintada en las caras de los deudos. La escena, mostrada el lunes pasado en el reportaje central de El Espectador, se enmarca entre árboles de urgentes hojas verdes y por los colores y diseños de faldas y turbantes femeninos.
Es el último acto armado de varios cometidos por milicias rebeldes yihadistas que llevan treinta años martirizando la franja central de África. Al sur de Uganda está Tanzania, país hecho de remiendos en 1964 cuando se le unieron Tanganica y el sultanato de Zanzíbar, cercana isla en el Océano Índico.
Hasta 2021, Zanzíbar era conocida en Occidente porque allí nació Freddie Mercury. Sí, el vocalista de Queen. Pero a fines de ese año una nueva estrella brilló allí para la historia: el Nobel de Literatura Abdulrazak Gurnah, un novelista local que narra las fiebres y condenas del cinturón oriental del continente negro.
En su adolescencia debió escapar de las persecuciones de los árabes, se fue a Inglaterra y hasta el sol de hoy reside allá. ¿Árabes? En efecto, desde el siglo XVII viajaban comerciantes entre Arabia, India y África, y en este triángulo se estableció el centro esclavista del mundo árabe, semejante al de Europa, África y América. Además de hombres, los mercaderes ambicionaban oro, marfil, cuernos de rinoceronte, cueros finos, resinas.
En su principal novela “Paraíso” (Penguin Salamandra, 1994), Gurnah reconstruye la memoria de su país en la persona de un muchacho entregado por su padre como rehén a uno de esos mercaderes, a cambio de una deuda impagable. Yusuf –así se llama– emprende un larguísimo viaje con la tropa de ese acreedor, compuesta por porteadores, guardias, esclavos, músicos, “un pueblo itinerante”.
Se atacan entre sí, se acusan de salvajes, se burlan de sus respectivos dioses y leyendas, su único norte es la ganancia. “Cuando los árabes comenzaron a venir, comprar esclavos de esta zona era como coger fruta de un árbol –escribe el Nobel–. Había mucha gente deseosa de vender a sus primos y a sus vecinos por unas cuantas baratijas… Se podía ganar mucho dinero. Los mercaderes indios prestaron dinero a esos árabes para que comerciasen con marfil y esclavos”.
Eran los albores de la Primera Guerra Mundial. Los mayores demonios eran los europeos. “Son nuestros enemigos… A sus ojos somos como animales. ¿Sabéis por qué son tan poderosos? Porque llevan viviendo del mundo desde hace siglos”. Yusuf es especialmente duro con los alemanes: “Había oído decir que los alemanes colgaban a los obreros que no trabajaban duro. Si eran demasiado jóvenes para ser colgados, les arrancaban los testículos. Los alemanes no se amilanaban ante nada. Hacían lo que querían y nadie podía detenerlos”.
El joven Abdulrazak se vio obligado a abandonar su país para contar con las palabras lo que significa “perder tu lugar en el mundo”. Y así entregó un ‘paraíso’ agrio, como el de las matanzas de hoy.
